miércoles, 8 de julio de 2026

Viaje a los Balcanes XIII

 

Balcanes XIII y final


Podgorica 

Esto se va acabando. Por fin. Podré dar carpetazo a la bitácora. Hoy nos dirigimos a la que es capital administrativa de este pequeño país. También ella llegó a formar parte del imperio otomano durante cuatro siglos, del XV al XIX. Tras la II Guerra Mundial pasó a integrarse en Yugoslavia. La ciudad recibió el nombre de Titogrado. Durante los bombardeos quedó arrasada y casi todo aquí es de nueva planta. La animan los numerosos espacios verdes que la cubren aquí y allá. Nos llevan a ver la Torre del Reloj (s. XVII), exenta, orgullosamente enhiesta, con su aparato de fabricación italiana.


Vamos luego a la Catedral de la Resurrección de Cristo, ortodoxa, un mamotreto levantado en 1993 y consagrado en 2003, lleno de dorados grandilocuentes. La cúpula está acompañada de dos torres, una a cada lado. En su interior uno de los frescos que quiere representar al pueblo creyente incluye los retratos de Marx, Tito, Engels y tutti quanti.



Y desde aquí, a Cetinje, un poco la capital cultural del territorio, sede religiosa y objeto de ataques otomanos que no lograron dominarla. Como curiosidad anoto que, aquí, se editó el primer libro escrito en caracteres cirílicos en los Balcanes. No puedo olvidar el nombre del blog: Módulo de Biblioteconomía, Archivística y Documentación, donde se creó y donde impartí hasta mi jubilación. Mentira parece que se mantenga vivo. Nunca lo imaginé.


Un tal Nicolás Petrovic reinó en el XIX y mandó levantar avenidas, palacetes de estilo parisino, embajadas y centros de poder, entre ellos, su palacio, que visitamos. Está lleno de lujo, mobiliario de época, cuadros, todo de 1871, lo que a mí me deja bastante frío, como el monasterio ortodoxo, en el que no piden credenciales para ingresar. Comemos luego en un sitio en el que no hay agua por avería general, según anoto en la bitácora, aunque no lo recuerde.


Vamos ya hacia las montañas, todavía muy altas, tanto que cuando el nuevo guía señala Budva, donde se supone que estuvimos, no sólo no la reconozco en la distancia, sino que no recuerdo cómo era. Las fotos ayudan a deshacer la desmemoria. No seguimos por la carretera que hicimos, hace la friolera de diez días, qué lejos ya tras todo lo vivido. Bajamos al lago/fiordo de Kotor. El bus sube a un transbordador y cruzamos el estrecho que da entrada a esta maravilla natural.



Y desde allí, en un trayecto corto, llegamos a Herceg Novi, zona de hoteles de gran capacidad con vistas a unas aguas invitadoras. Esta vez no me lo pienso y bajo a darme un baño de atardecer en el Adriático, cálido, límpido, soleado y casi sin gente.


Luego hay que prepararse para la cena de despedida. De camino al restaurante vemos cómo la luz se duerme a lo lejos.



A pesar de que la pescadilla y el postre me están buenos, el servicio es lento y algo desesperante. A lo mejor es el cansancio, que va haciendo mella.
Al día siguiente pasamos la frontera hacia Croacia con bastante suerte. El guía se despide, como hizo Florina el día anterior. Le hacemos la ola a Edi por sus desvelos, su pericia, su profesionalidad. Al llegar al aeropuerto, casi no lo reconozco. Qué diferente es ver las cosas con luz. Desde el aire me llevo las imágenes de la costa croata tal como la recordaba.




Como creo que ya dije al principio, excusatio non petita, acusatio manifesta. Recuerdo que señalé que se trataba de una bitácora personal, aunque es evidente que implicaba a un colectivo. Seguramente muchos tendrán otros recuerdos, otras vivencias, otras sensaciones. Si estas líneas sirven para asentar parte de todo lo que descubrimos juntos en este viaje algo enloquecido, lo daré por bueno. Como se decía en el teatro del Siglo de Oro, "Perdonad sus muchas faltas".

José Manuel Mora.








Viaje a los Balcanes XII

 

Balcanes XII


 Prizren

Hace un día radiante. Desde el balcón del comedor del hotel nos sacamos fotos. Salimos a dar un paseo con la guía, siguiendo el curso del río, que baja fresco y rompiente. Cruzamos un puente de piedra, que ya nos llamó la atención anoche. De hecho, dejo la foto que saqué entonces.


El dominio turco de cinco siglos se hace presente en las casas de doble altura, cubiertas de tejas rojas y en los minaretes que sobresalen sobre ellas, apuntando al cielo con su dedo de piedra.


Nos dejan un tiempo libre y nos escapamos del grupo, caminando por calles empedradas, umbrosas, con terrazas bajo los árboles donde uno puede tomar un café fresco y tranquilo. No pasan coches. El cappuccino está bueno. Cuando volvemos, observamos una portalada de gruesas columnas de mármol. Un edificio cerrado, según los vigilantes. Pero al darle la vuelta, vemos una puerta entreabierta. Y entramos. Vacía, blanca, luminosa. Hacemos un par de fotos discretamente.


Algo más allá, una iglesita con la típica planta ortodoxa. Dentro tan sólo hay un "sacristán" que nos permite admirar y fotografiar las pinturas parietales. Otro momento mágico, por íntimo e imprevisto.


A las once hay que estar en la mezquita de Siman Pasha (s. XVII). Su minarete de 43 m. de altura es visible desde cualquier punto de la ciudad. Y aunque ya estuvimos anoche, verla ahora llena de luz le da otra perspectiva.




Y se inicia el siguiente recorrido en bus que también se prevé largo. La Agencia y la Asociación nos tienen preparada una sorpresa, la visita a unas bodegas prestigiosas de la zona. La entrada es la de un castillo de cartón piedra. A su alrededor, viñedos. Los 14° permanentes y necesarios para la conservación de los caldos y mi imposibilidad de beber alcohol hacen que me salga pronto al exterior. Afuera paso un buen rato con Edi, que canta en italiano con su bella voce piezas conocidas. Los que van saliendo, lo hacen contentos, "entonados". Para muchos ha debido de ser de los mejores momentos de la excursión.


Hay prevista una visita a un monasterio ortodoxo serbio, el de Visoki Dečami (s. XIV). Esta protegida por miembros de la KFOR, para evitar posibles atentados. El jefe es un italiano estricto que exige que las mujeres cubran sus hombros y los varones de pantalón corto nos en volvamos en unos pareos coloridos y ridículos. Ya el exterior sorprende por el mármol rojo, amarillo y ónice. Tiene todo el aspecto de una iglesia románica italiana. Está dedicada a Cristo Pantocrátor.


Al entrar, la sorpresa junto a la emoción embarga al grupo. Nos piden que escuchemos la explicación primero y luego se harán las fotos. A muchos nos resulta difícil esperar. Los murales abarcan desde el suelo hasta el techo en una ilustración bíblica para los iletrados, que parece sacada de la Italia medieval. Los frescos no han sido restaurados, lo que hace que nos parezca todo más increíble, como que se salvarán de tanta guerra balcánica.


Columnas, iconostasio, muros, bóvedas, cubiertos de pinturas llenas de ingenuidad y tal vez por eso más bellas. El Pantocrátor tiene una mirada penetrante, de fuerza sobrecogedora. La Adormición de María me transporta a Elche y su Misteri. Junto a ellos, coro de ángeles guerreros, Santos, arboles genealógicos en una sucesión que necesitaría horas de comentarios minuciosos para degustarlo todo en profundidad. Cualquiera tendría problemas para elegir qué poner aquí. Yo, también. Pido perdón a los iconoclastas.


No quiero aburrir. Lo dejo, pero tengo más, como todos los compás del grupo. Y llegamos a comer en un lugar umbroso, en el que el agua corre rumorosa y clara bajo la bóveda arbórea. Lo que era fresco al llegar, se va convirtiendo en aire húmedo, que hace que algunos pidamos mantas para cubrirnos.


Y vuelta al bus. Vamos ascendiendo hasta los mil metros con restos de nieve entre tanto árbol picudo y oscuro, culebreando por curvas imposibles de casi 360°. Estamos llegando a la estación de montaña más importante de Montenegro, auténtico paraje invernal, Kolasin. El pino negro que cubre las laderas es el que acabó dando nombre al país. Al llegar, llueve con fuerza. No hay lugares cerca donde cenar y nos quedamos en la habitación. Día intenso.

José Manuel Mora.






Viaje a los Balcanes XI

 

Balcanes XI


                                                              Skopje

Hoy también hay trayecto largo de bus. El paisaje sigue levantado y frondoso. Nuestro destino, la mayor ciudad de Macedonia: Skopje (léase, Eskopie). Paramos en la zona otomana, junto a una mezquita inmensa, la de Mustafá Pasha. Mientras la guía explica, van llegando los fieles que han sido llamados a la oración mediante la melopea del imán a través del altavoz que corona el minarete. Al tiempo que realizan sus abluciones, entramos en un espacio vacío, hermoso en su sencillez.


Al salir, nos dirigimos hacia el bazar turco, uno de los más antiguos de Europa. Ahora lo vemos algo desangelado, tal vez por el calor. Observamos muchas mujeres cubiertas con pañuelo. La guía me dice que muchas de ellas tienen abuelas que iban descubiertas. Señala que la vuelta al pañuelo puede deberse a la influencia del dinero saudí. El 60% de la población es ortodoxo y un 30% musulmán. Al parecer los matrimonios mixtos son frecuentes. Desde Tito la religión pasó a ser un asunto privado.


Vemos las cúpulas achatadas que suelen corresponder a un hammam. Y entramos en él. Pronto nos damos cuenta de que ha cambiado su función y se ha convertido en un espacio expositivo con muchas salas, que mantiene su estructura arquitectónica anterior.


Y, bajo un sol de justicia, sobre un firme de teselas de mármol blanco que devuelven el calor, cruzamos el "puente de piedra" sobre el río Vadar. Llegamos a la parte nueva de la ciudad, toda ella de la época de Tito, ya que lo anterior fue destruido por un terremoto en los sesenta. Todo es grandilocuente: los edificios oficiales, las fuentes, que han sido levantados en los últimos años bajo un gobierno de derechas que ha dejado entrampados con préstamos a los pobres macedonios in aeternum. Las esculturas de Filipo y Alejandro son un auténtico despropósito, imposible que lleguen a emocionar, como el David miguelangelesco florentino.


Más allá vemos una iglesia ortodoxa, de factura moderna, por los materiales usados. Su interior aún está en periodo de acabado pictórico. Una lámpara "de oro" refulge con destellos dorados bajo la cúpula.


Está programada la visita a la casa memorial de Teresa de Calcuta. Como no me interesa demasiado el personaje, y esto es un blog "personal", señalo que recorro las estancias sin detenerme demasiado. La comida es abundante y me resulta sabrosa. Una vez más es momento de comentarios, chascarrillos y bromas. El cansancio no parece hacer mella en nosotros.


A lo lejos queda la fortaleza que domina el conjunto, Tvrdina Vale. Y salimos de esta ciudad demasiado industrial y ruidosa. La frontera con Kosovo se cruza con rapidez. Las montañas se han ido redondeando y están sembradas de pueblitos discretos, de tejados rojos. Este pequeño país quiere entrar en la UE, tras auto proclamar su independencia de Serbia en 2008. No hay quórum para que puedan hacerlo. Cuenta con una población numerosa de albaneses. La nueva cadena montañosa mezcla el gris y el rosa, con manchas de paletadas de nieve.


Llegamos a Prizren. El bus no puede acceder hasta el hotel, que queda a dos pasos. En el recorrido nos cruzamos con una auténtica multitud de gente: muchachas con velo y sin él, jovenzuelos en grupo, ejerciendo de adolescentes, todos muy arreglados. Atravesamos el puente y, a pesar de la falta de luz, las aguas se ven transparentes. Hay una mezquita bellamente iluminada. Todo contrasta, a su favor, con el mamotreto capitalino de la mañana.


Tras dejar las cosas en la habitación, salimos en busca de un helado. Hace una temperatura agradable. El camata, casado con una mexicana, habla buen español charro. Paseamos luego hasta la mezquita, abierta a estas horas. Están en pleno rezo. La frescoreta nos hace regresar.

José Manuel Mora.




martes, 7 de julio de 2026

Viaje a los Balcanes X

 

Balcanes X


 Ohrid

El desayuno aquí se sale de lo habitual. Hubo que pedirlo ayer al llegar, mirando fotos de una "carta". No todos están contentos. El zumo es aguachirle. Se salva el café. Salimos con una guía local que habla la friolera de trece idiomas. El bus nos lleva bordeando este lago que aspira a mar y que es uno de los más antiguos del mundo. Su profundidad alcanza lo 300 m. de aguas de enorme pureza, ya que se nutren de ríos y de las que provienen del Prespa que ya vimos ayer. Comparte riberas con Albania, cuya costa vemos enfrente. A nuestras espaldas queda el macizo de Galichica, con alturas de más de 2000 m. Para hacerse una idea, dejo las medidas en kms: 30 de largo por 14 de ancho. Vamos a la Bahía de los Huesos, cuyo poblado visitaremos. Dicen que es el destino más seductor del país.



Se levantó sobre palafitos, tal como hicieron sus habitantes primigenios hace 6000 años. Los griegos la llamaron Lychnidos, o "Ciudad de la luz". La zona está tomada por estudiantes egresados, muchos de ellos chinos, y también por gentes del lugar. El sol brilla magnífico y su luz penetra en las cabañas, que tratan de recrear el antiguo modo de vida de sus habitantes, mientras los visitantes curiosean por todos lados y resulta difícil tomar alguna foto sin gente. Ventajas del turismo masivo. Hay también un pequeño museo con piezas recuperadas de las aguas.



Antes de regresar a la ciudad, nos proponen visitar el monasterio ortodoxo de S. Naum, uno de los 365 que llegó a tener la localidad. No sé si bien conservado o magníficamente restaurado, con sus tejas y sus ladrillos rojos que le dan personalidad. Los otomanos lo destruyeron y se reconstruyó ya entre el XVI y el XVII. En su interior lucen pinturas parietales al fresco, que se consideran de las mejores que se pueden ver en los Balcanes. La Marededeu de la cúpula octogonal sustituye al pantocrátor habitual. En una capilla lateral, a la que se accede por una puerta estrecha y baja, se penetra en lo que se supone la tumba del santo.




A la salida, y mientras gran parte del grupo va a ver cómo se fabrican aquí las perlas de forma artesanal, yo me descalzo y me meto en el agua hasta la rodilla. Está para bañarse, pero no hay tiempo. El lugar está preparado para la temporada estival con tumbonas incluidas y lugar para los socorristas protegidos del sol. No hay nadie hoy, lo que aumenta el encanto del sitio ante un horizonte que se presume infinito.



Y nos devuelven a Ohrid, donde hay programado un paseo en barca. Cada una de ellas tiene capacidad para una decena de personas y nos van distribuyendo por grupos. El patrón de la nuestra sabe cómo hacer felices a los guiris, lleva música italiana y va invitando, por turno, a cada uno de los integrantes de su pasaje, a coger el timón y pilotar la embarcación. Todos vamos aceptando con nervios e ilusión, como críos pequeños. Muchos no hemos pilotado nunca. La excursión acaba en jolgorio general y resulta ser un rato oxigenante y divertido. Desde el agua, la visión de la ciudad cambia, se la ve extenderse junto al lago y también elevarse en colinas coronadas por pequeñas capillas ortodoxas.


La misma barca nos lleva hasta el restaurante, el "Mo Mir". Nos dan sopa de pescado y trucha asalmonada con patatas, lo que algunos agradecemos. De postre una crema achocolatada con nueces. La sobremesa se alarga entre risas y comentarios sobre la experiencia vivida, pero hay que hacerse el ánimo y comenzar la visita del pueblo entre las casas decimonónicas que ya vimos anoche. Entramos en la iglesia ortodoxa de S. Clemente y S. Pantaleimón (s. VIII). En su interior los frescos me parecen algo oscuros y algunos muy deteriorados. El primero fue discípulo de Cirilo y Metodio, creadores del alfabeto cirílico, con la intención de traducir la Biblia para los pueblos eslavos.


Hay que armarse de valor para encarar la empinada cuesta que lleva a Santa Sofía (s. XI), convertida en mezquita en su momento, y por lo tanto raseada. Allí se nos dice que está prohibidísimo hacer fotografías. Es una lástima porque las pinturas prerrenacentistas (s. XIV) son bellísimas y suponen una ilustración completa del Antiguo y el Nuevo Testamento. Era la manera de que los iletrados de la época tuvieran acceso a las historias bíblicas. Nadie se atreve aquí a piratear fotos. Y a pesar de la prohibición, encuentro en mi ábum de fotos estas dos que dejo. San Guguel dice que corresponden a la catedral. ¡Qué lío tengo en mi cabeza, a pesar de la bitácora! Consecuencias de escribir de noche y cansado.



La visita guiada termina entonces. Podemos hacer la bajada con tranquilidad y cada quien a su aire, deteniéndonos en los rincones que nos llaman la atención y conscientes de que se han quedado muchas cosas en el tintero. Las calles se ven diferentes a la luz del día. Dejo aquí una muestra de algo que vimos anoche con otros ojos.


Buscamos una barbería y nos adentramos en el "tontódromo" que ya paseamos anoche. Tiendas de ropa, zapatos y sobre todo joyerías, que no nos atraen en absoluto. Encontramos un peluquero con cola en la calle formada por varones y señoras. Atiende a todo el mundo con la misma profesionalidad. 8€ cuesta pelarse. Con un sol cada vez más suave bajamos hasta la plaza. Hay una escultura potente que hace que me acerque. Consigo deletrear la inscripción en cirílico. Se trata de Metodio y Cirilo con la Biblia en su alfabeto sostenida por los dos. Allá arriba queda la fortaleza sin visitar, como tampoco hemos tenido ocasión de ver una de las que se han convertido en postal de la ciudad, S. Juan Kaneo.



Llegamos cansados al hotel. Aprovecho, con todo, para escribir. Y a las nueve salimos del hotel hacia la izquierda donde nos han dicho que se cena con música. Efectivamente se trata de cinco músicos que están amenizando una numerosa cena familiar. Las piezas que interpretan me da la impresión de que sean de música griega, aunque me dicen que son bien de aquí. Logran emocionarme.


No sé ni cómo soy capaz de llegar a la habitación, donde hay que volver a dejar preparadas las maletas. Estoy roto.

José Manuel Mora.