lunes, 14 de septiembre de 2026

COLMAR



Colmar

De noche llovió y ha refrescado algo. En la entrada del hotel hay una maqueta espléndida que dejo aquí de recuerdo. Tras el desayuno salimos hacia el autobús atravesando una ciudad que bulle de vida tras las cuatro gotas caídas. Enfilamos hacia el sur de la Alsacia, en paralelo a la cadena de los Vosgos, coronados por castillos defensivos, al estilo de nuestras torres de vigía de la costa. La riqueza del territorio, según la guía, hizo que fuera atacada con frecuencia por los de la Lorena, de ahí las defensas. Nos explica que hace unos años, en 2014 se redujeron el número de regiones francesas agrupando a algunas de ellas, que no tenían nada en común. Los alsacianos sintieron que eso les hacía perder su personalidad. En Francia hay una única lengua oficial, el francés; lo demás se considera patois, tanto da si se trata del bretón, el occitano, o el alsaciano, todas ellas lengua de pleno derecho desde el punto de vista lingüístico. La reacción identitaria ha sido muy fuerte y se ha producido un repunte de quienes quieren aprender el alsaciano, mezcla de francés y alemán, que se estaba perdiendo. Alsacia sigue siendo rica en producción industrial y agrícola. La Universidad de Estrasburgo tiene varios premios Nobel en sus aulas. Nerea, la guía de la Romana alicantina, tiene plaza de enseñante en ella.


Llegamos a la ciudad de Colmar, atravesando una rotonda donde luce altiva una réplica en pequeño de la estatua de la Libertad que diseñó Bartholdi para los Estados Unidos de América. Parece que algunos de sus gobernantes la están ahora devaluando con sus decisiones. Al llegar al aparcamiento donde quedará estacionado el autobús, observamos la cantidad ingente de los que ya están aparcados, lo que da idea de los numerosos guiris que, como nosotros, vienen a visitar este pueblecito, de algo más de 50.000 habitantes, lo que permite recorrerlo con facilidad. Tengo algunas imágenes en mi mente de cuando vinimos a Basilea en 2008. Como entonces no escribí bitácora, lo recuerdo todo vagamente.


El grupo llega a una plaza amplia donde se encuentra un convento de de monjas dominicas, convertido en el Museo Unterlinden (s. XIII), que no tendremos ocasión de visitar, lo que es una lástima, porque alberga uno de los retablos más hermosos y dramático que yo haya podido ver, el conocido como de Isenheim, obra del pintor alemán Matthias Grünewald, del s. XVI. Voy a dejar aquí una foto sacada de la red, por si a alguien le despierta el deseo de volver para poder disfrutarlo en directo. A mí me conmovió.



Vamos brujuleando por calles atestadas de turistas, calles que parecen colocadas a modo de decorado, con sus colores vivos y sus vigas de madera a la vista, pensadas para favorecer la flexibilidad del edificio en estas tierras con demasiada humedad. Uno de ellos es especialmente llamativo, conocido como la Maison des Têtes, o de las cabezas que adornan sus balcones, de estilo renacentista alemán. El tonelero que la corona es obra también de Bartholdi. Aquí no hay río, pero sí un canal que recoge las aguas de uno cercano, usadas por los tundidores y curtidores para dejar las pieles preparadas para ser cortadas y confeccionadas. También servían como cloacas, hélàs. Ahora es recorrido por barquitas planas y silenciosas llenas de visitantes, por lo que se conoce como la Pequeña Venecia.



Y de repente, al girar una calle, en el esquinazo, se alza la casa Pfister, muestra del poderío de quien la construyó allá en el s. XVI. El torreón helicoidal coronado por una flecha en octógono, la balconada de madera, las pinturas al fresco de personajes históricos que ayudan a situarla cronológicamente... Es propiamente un decorado ante el que todo el mundo se detiene a fotografiar. ¿Cómo eran los viajes cuando no teníamos móviles? Un carrete de 36 para quince días. Ah, también se podían comprar postales... ¡Qué antigüedad!


Al pasar junto a la catedral gótica, conocida como Colegiata de S. Martín, coincidimos con un concierto de campanas. Están restaurando el interior y no entramos, pero la guía señala unos arbotantes primigenios que ayudaban a dar altura a las paredes del edificio. Luce una espléndida torre de 70 m. de altura. Frente a la puerta sur hay un edificio, la casa de guardia, con una logia renacentista que me parece muy hermoso. Y delante de esa puerta, con esculturas separadas en calles paralelas, con muestras en los laterales de cabezas que representan las enfermedades de la época, parece el sitio indicado para una nueva foto de grupo, tal vez la última.




Y pasamos también ante la casa museo del escultor Bartholdi (1813-1904). El patio está ocupado por un grupo numeroso de jóvenes italianos que escuchan la explicación del profesor. En el centro hay una escultura que representa lo que para él eran los tres pilares básicos de la sociedad: patria, trabajo y justicia.


Hay un canal más amplio que sirve de espejo tembloroso a las casas que se miran en él, abuhardilladas, con tejadillos protectores, y por el que vemos circular, como en voz baja, las canoas cargadas de quienes quieren disfrutar del paseo "veneciano". Son rincones que transportan a otra época, más en estos momentos en que los europeos están ya comiendo y hay menos gente en las calles.



Y llegamos al restaurante, donde una vez más Marisa ha acertado en sus búsquedas previas hasta localizarlo, donde nos ofrecen a modo de aperitivo una tartaleta fina y crujiente, que me hace pensar en nuestras cocas. Luego un plato alsaciano, que según dicen quienes entienden, ha debido de estar cocinándose a fuego lento toda la mañana, para que quede concentrado, sabroso, a base de cerdo, ternera, patatas y verduras. De postre un helado de pera con unas gotas de ron. Todo exquisito.


Y tras el yantar nos vuelven a dar tiempo libre. Javi, Angelines y Gloria nos dedicamos a callejear sin prisa, descubriendo rincones apretados y otros abiertos, cada uno con sus peculiaridades. Hay una especie de mercadillo callejero junto al mercado central cubierto, animado con actuaciones musicales. El Quaie de la Poisonnerie, donde residían la mayor parte de los pescadores, y el Koïfhus, edificio de la Antigua Casa de Aduanas, con su tejado todo verde de un lado, y del otro con las arcadas que dan a la plaza de la emblemática fuente Schwendi. Todo sigue teniendo aire de parque temático pensado para los guiris.



Y como por casualidad, a nuestra izquierda queda un edificio con un exterior anodino, pero que es claramente un iglesia, y está abierta a esta hora de la tarde. Se trata de la de St. Mathieu (s.XIII), originariamente franciscana, con su desnudamiento característico y su techo de madera pintada. Entramos, claro. Es evidente que ha sido restaurada recientemente. Está casi vacía. El que ahora sea luterana la ha despojado por completo de imágenes. Hay poca gente en su interior y suena música grabada de órgano. Sobre el altar una balconada poco frecuente en el gótico, con un crucificado suspendido en lo alto. Tras él hay un ábside, donde se situaría probablemente un coro para los franciscanos. Ahora está completamente vacío. Noto que hay una sonoridad espectacular. Y sobre la fachada norte, sin rosetón, un magnífico órgano barroco.



Una vez fuera vemos que se ha hecho la hora de volver al meeting point, que decimos los ingleses. No queremos retrasarnos, y vamos volviendo con tranquilidad. En el autobús, una vez visto a la venida el paisaje, dormito un poco. Y al llegar a Estrasburgo vuelve a ser ocasión para descubrir rincones curiosos. En la Plaza de Halles vemos la escultura "Mujer que camina hacia el cielo", una figura de arcilla coloreada que se dirige hacia lo alto de un tubo de aluminio, símbolo para su creador, Borofsky, del intento de la humanidad por descubrir hacia donde queremos dirigirnos en un afán de superación.


Con el peligro que supone aquí cruzar los pasos de cebra, seguro que muchos miembros del grupo ni lo vieron. Y toca hotel, descanso o escritura, según para quien. Y ya de noche, al salir, me encuentro con un nutrido grupo de congéneres que se disponen a tomar una crêpe. Me sumo a ellos y hace una noche tan dulce como la que me estoy comiendo, de chocolate, naturalmente. Es un rato para intercambiar sensaciones e impresiones de este viaje que mañana ya termina. El "Curso de verano" ha tenido pleno sentido con esta extensión a una de las tres capitales europeas. 




Tiempo de espera en este aeropuerto de juguete de Baden Baden y unas últimas fotos desde el aire: canales, paneles solares, lagos, bosques, pueblitos... Otras tierras, en fin. Gracias a la AAUP por esta oportunidad de conocer a fondo las instituciones que mejor nos pueden defender, caso de que las elijamos bien.


José Manuel Mora.
















PARLAMENTO EUROPEO



Parlamento Europeo

Pedro es madrugador, como yo. Así que pronto estamos en la sala de desayuno, los primeros, completamente solos, tranquilos, sin empujones ni colas. A las nueve y media ya estamos todos en la puerta del hotel, dispuestos a comenzar la jornada. Marisa nos ha pedido "amablemente" que llevemos vaqueros y la camiseta de la Asociación. Con la medalla, naturalmente. Hace un día soleado y de temperatura amable para estos lares donde, según dicen ellos, ya deberían ir con manga larga. Nos dirigimos hacia la Plaza de l'Homme de Fer. No sé dónde está situado, así que me pasa desapercibido. No así el umbráculo circular que señala el lugar donde se detienen los tranvías. Hay un tráfico ingente de coches, personas en patinete o a pie y, claro, los tranvías silenciosos, uno de los cuales hemos de coger. Rafa nos ha proporcionado los correspondientes billetes. Está siempre pendiente de todo. Con Marisa, forman un tándem perfecto.


Pasa por la Plaza de la República, con edificios señeros, regios, decimonónicos, donde hemos de cambiar de línea. La Prefectura, la Biblioteca nacional y universitaria, el Palacio del Rhin, construido inicialmente como residencia imperial para el Kaiser, el Teatro Nacional, todo en torno a una zona bellamente ajardinada, que me hubiera gustado visitar más tranquilamente, sobre todo la biblioteca y el teatro, que son mis querencias de siempre. Mientras esperamos al tranvía que nos ha de llevar a nuestro destino, jugándome la vida (los tranvieros no paran bajo ningún concepto), cruzo y hago la primera foto de grupo. Parecemos un colegio de gente "granà" con el uniforme de ir a la escuela.


Al llegar a nuestra parada y comenzar a dirigirnos hacia lo que luego sabremos que se denomina la "Torre" del Parlamento, la gente del grupo comienza a quedarse bocabadada. Como yo ya lo había visitado, la sorpresa es menor, pero no es menos el impacto que causan sus sesenta metros de altura y el aspecto de inconcluso que tiene a primera vista. No está inacabado, es de 1999. Fue la opción de los arquitectos para simbolizar el work in progress que supone la construcción del organismo donde se reúnen los representantes elegidos por todos los electores que integran la Unión, una especie de "torre de Babel" multilingüe donde se debaten propuestas y leyes que acabarán afectándonos a todos. El acero y el cristal le dan un aspecto de firmeza leve y transparencia, que se refleja en las aguas del Canal del Marne.


Todo el entorno está cuajado de otros edificios que integran el Barrio Europeo: el del Consejo de Europa, el del Mediador Europeo, el Palacio de los Derechos del Hombre... Hay uno, algo más alejado, que me llama la atención por su diseño. A riesgo de perderme del grupo, echo una carrera para fotografiarlo. Aquí lo dejo.



Si el exterior es imponente, también lo es el patio interior, elíptico, construido con la piedra roja arenisca típica de los Vosgos que predomina en la ciudad. El edificio lleva el nombre de una mujer Louise Weiss, periodista, escritora, feminista y parlamentaria europea. Hay un gentío haciéndose fotos de grupo. Son incontables los que rodean a quienes van dando las explicaciones. En el suelo hay una línea que señala el momento exacto del solsticio. Y en el centro de este ágora que es el patio circular se halla una escultura de vidrio de forma esférica, "Tierra Unida" (2004), regalo de la ciudad de Wroklaw, Polonia, con motivo de su incorporación a la U.E. La guía, una granaína que lleva un año por estos lares, nos va dando los detalles.




Como era de prever, los controles para ingresar al edificio son estrictos. Además del filtrado por escáner, como si estuviéramos en un aeropuerto, es necesario aprovisionarse con una tarjeta de Visiteur. Conforme nos vamos adentrando en su interior, voy reconociendo los espacios que visité: un estrecho pasillo que separa dos cuerpos del edificio, en el que cuelgan plantas trepadoras desde lo alto, hasta integrarse en un suelo irregular de losetas grises que pretende simular la corriente del canal cercano. Vemos también la escalera de doble hélice que tanto me llamó la atención y que enfrenta la puerta principal, cuyo nombre me emociona: Mariana Pineda, muerta por defender la bandera de la libertad, como cantó Federico.

A través de las escaleras mecánicas, subimos hasta la parte alta del edificio. En una sala con forma de hemiciclo, y con dos pantallas laterales frente a nosotros, la guía nos explica detalles del funcionamiento del Parlamento, muchos de los cuales ya habían sido expuestos en las clases teóricas de la Sede alicantina. Nos enteramos de que son 24 las lenguas que se hablan aquí, lo que supone un ejército de intérpretes que realicen la traducción simultánea de discursos y discusiones. Como el lingüista que fui, no deja de parecerme una muestra más de la riqueza de esta institución. Nos habla de la sede luxemburguesa y la de Bruselas, que completan los organismos de la Unión. Desde allí se conecta por videoconferencia la parlamentaria alicantina Leire Pajín, quien expone los proyectos en marcha. Lo hace con claridad y sin grandilocuencia: los grupos políticos, las votaciones, las sesiones plenarias... Permite que se le hagan preguntas. Y a mí, europeo convencido como soy, se me queda en el tintero saber por qué no se avanza más en la dirección de fortalecimiento que propuso Mario Draghi en 2024. Queda mucho por hacer y será necesario seguir unidos ante los intentos trumpistas de debilitar a quien no se somete a sus dictados. Y al acabar la conferencia, nos llevan por fin al hemiciclo, el más grande del mundo tras el chino. Vacío y todo, sigue resultando impactante. Pienso que gracias a este espacio de debate, con todas sus dificultades, nuestra Europa ha vivido el periodo más largo de paz de su historia.




Volvemos a bajar hacia la zona en la que hay toda una serie de pinturas en las paredes, que forma parte de la Colección de Arte Contemporáneo del Parlamento. En una especie de rellano veo una escultura formada por dos figuras adultas y un niño, de cabezas monstruosas de lagarto, The Family, de 2019, obra de la artista estonia Edith Karlson, trabajada en hormigón y metal. En manos del padre hay una cajita con seres humanos de tamaño menor. Parece que la escultora pretendió mostrar, con ojo crítico, la sociedad actual, aunque ésta no deje de basarse en una comunidad que debe asentarse en el amor y la armonía, como la familia que es.


Volvemos a la entrada, donde hay un estrado con las banderas de todos los países que integran la Unión, un lugar que parece pensado para fotos de grupo, dada la cola que hay para hacer un posado. Conseguimos entrar todos en el "marco incomparable", bajo la bandera de las estrellas que nos representa.


Al volver al patio elíptico, pedimos que nos hagan la que podría ser la foto institucional del viaje, por lo significativo del lugar. Nuestra insignia de la AAUP bien presente en la banderola, además de en la pechera de nuestras camisetas.


Volvemos en tranvía y desde donde nos deja, entre edificios modernos y clásicos, apenas hay un paseo hasta Chez Yvonne, otro restaurante que Marisa ha elegido con el buen ojo que la caracteriza. Es además icónico, pues aquí suelen venir los jefes de gobierno cuando visitan la ciudad. Sirven primero una ensalada y luego un platazo de choucroûte con bacon y salchichas de todos los tamaños, rico, rico, que dice el otro. Nuevamente me resulta imposible terminarlo, más si quiere uno probar un pastel de crema alsaciana, relleno de pasas bañadas en licor. Sabe a gloria. No me resisto a dejar aquí una foto de los azulejos que adornan el petit coin. No sé cómo será el de las chicas.




Tras el café, Marisa ha vuelto a tener presente sugerencias de otros viajes, en las que se pedía tiempo libre. Así que el grupo se dispersa. El más numeroso opta por un paseo en bateau, aunque no sea mouche. La embarcación va recorriendo el canal que rodea la ciudad y permite disfrutar de las edificaciones que se asoman a sus aguas. Cuando los vuelvo a encontrar, parece que lo han disfrutado, aunque se quejan de la solanera que hacía, ya que la cubierta iba paradójicamente descubierta.







Pasaron incluso una esclusa, lo que siempre provoca admiración al ver como el barquito sube y baja según se abre o se cierra la compuerta.


Y una vez más yo decido perderme en el Museo de Bellas Artes, instalado en el Palacio de Rohan (s. XVIII), de un barroco tardío. Sirvió primero como sede episcopal, luego residencia palaciega y ahora alberga además el Museo de Artes Decorativas y el Arqueológico de la ciudad y parece que es también un lugar donde la gente puede descansar en tumbonas a la entrada . Hay descuento para ancianos y lo aprovecho. Recorro sus salas en completa soledad, disfrutando de hallazgos que no sabía que encerraba.


Descubro un Rafael, un Greco, un par de zurbaranes, un Rubens, un Rembrandt, un Goya y así hasta llegar a Corot. Dejo aquí algunas fotos para compartirlas con quienes ya no tuvisteis ocasión de visitarlo, puesto que cerraban a las seis. ¡Estos franceses!...




Al salir, noto un golpe de calor intenso. Veo pasar a algunos de los compas montados en el trenet que recorre la ciudad, que ya va perdiendo su luminosidad. Yo me retiro a mis aposentos a descansar. Los museos son matadores para las lumbares. Escribo algo, porque por la noche se me caerá el bolígrafo de las manos. Y vuelvo a salir a perderme, aunque esta vez con un mapa de la oficina de turismo. Me acerco a la Plaza Kléber, muy cercana al hotel, amplia, diáfana, con una fuente serena a cuyo borde se sientan los paseantes. El ambiente es de un tranquilo viernes por la tarde. Por un callejón estrecho veo la aguja de otra iglesia y me acerco. Es la de Temple Neuf, neorrománica, luterana, pero abierta a otros cultos, en plan ecuménico. Hay una exposición de fotografía y se me hace extraño que siga abierta de noche y sin que haya oficio. Las sillas de los fieles se sitúan en torno al altar. Curiosidades.




Y aunque quiero visitar la Plaza Broglie, me despisto, a pesar del planito, y acabo llegando al canal, con lo que no me queda más que ir circunvalando la ciudad junto a las aguas ya apagadas, que permiten leves reflejos de los edificios que mis compas han visto esta tarde desde el barco. De noche todo tiene un aire misterioso, casi de cuento.




Así es como llego de nuevo a la catedral, cuya plaza ya no está atestada. De noche la fachada es una joya de piedra, cristal y luz. El ambiente calmo de ayer se mantiene. Voy viendo algo de "sinhogarismo", no demasiado. Observo también una mezcla étnica importante, con parejas de razas diferentes que se fotografían cariñosos: de piel oscura, orientales, magrebíes, mujeres cubiertas, todo parece aquí bien integrado, como la naturalidad de ver a parejas de chicos varones, jóvenes, cogidos con naturalidad de la mano. No saben lo que se han encontrado ya ganado. Ojalá sea ese el futuro de Europa, aunque hay señales inquietantes, como las que acaban de darse en Sajonia.


Me vuelvo a encontrar con Javi y Angelines y charlamos de todo lo divino y lo humano mientras saboreo un helado de chocolate y me mancho la camisa. A las diez, hora de campanadas, aquello es más bien un concierto de badajos que hacen que la noche se cierre de modo perfecto.


Luego se nos unen José Luis y Asun y seguimos juntos hasta el hotel. Los infatigables van a completar el paseo. Yo ya no puedo con mi alma. Mañana cambiaremos de paisaje.

José Manuel Mora.