El Jónico
No esperó a la mañana. Ha llovido fuerte durante la noche. No me he enterado, tal es el cansancio con el que caigo en el agujero del sueño. El desayuno no es gran cosa. Salimos hacia Butrinto. Allí, hacia los años 30 del pasado siglo, comenzaron unas excavaciones y descubrieron una auténtica ciudad oculta por la tierra y los pinos que pueblan la zona. De origen griego, se urbanizó en el s. VII a. C. ¡Ya ha llovido! Es el más grande yacimiento de todos los Balcanes. Hay fuentes, santuarios, teatro de graderío, termas, basílicas, mosaicos y, en la parte superior, muestras de los 400 años de presencia veneciana en el lugar. Desde lo alto la panorámica hacia el continente y hacia Corfú es magnífica.
Da la impresión a veces de estar cumpliendo rituales, como el de doblar la cerviz para pasar bajo ese arco de piedra con el animal grabado en su piel de granito. El paisaje es espectacular y acompaña lo que vamos viendo. Algunos rincones, como la laguna cercana, encierran una serenidad que parece incólume al ataque turístico que nosotros mismos perpetramos.
Hay en la Torre Veneciana un pequeño museo en el que se nos advierte taxativamente que está prohibido fotografiar. Anda por allí un can Cerbero que llama la atención en cuanto nos ve con el teléfono en ristre. Y como no me gustan las prohibiciones...
Volvemos a Sarandë entre grandes dificultades de tráfico, debido a gente que aparca en doble fila y se va a resolver sus asuntos. En el paseo vemos que en la zona portuaria, sin que se entienda esto como algo grande, hay delimitadas unas boyas que marcan las diferentes calles por las que se puede nadar. Al fondo queda la ciudad moderna, parecida a las que salpican nuestras costas.
A la hora de comer nos esperan en un pequeño restaurante, que se acoge a la sombra de un pino y que está delante de la bahía. Dan ganas de mojarse los pies, de tan transparente como se ve el agua. A los postres le cantamos a la cumpleañera Maribel, mientras sopla las velas de sus "seitantos". No se lo esperaba y está agradecida y emocionada, como en la revista. Luego hay que pasar el control fronterizo con los pasaportes, lo que permitirá que embarquemos hacia Corfú, donde se llega en media hora de navegación tranquila y que desorienta, ya que la costa que vemos, no sabemos si es todavía Albania, como parece ser, o ya pertenece a la isla que fue patria de Ulises, según Homero. En el puerto nos espera el bueno y eficiente de Edi, con "nuestro" autobús que nos deja en el centro de la ciudad, junto a la fortaleza vieja, el Palaio Frourio, que luce el consabido león veneciano, puesto que fueron ellos quienes lo levantaron en el s. XV. Uno de sus ángulos se asemeja a la quilla de un barco poderoso, monumental, separado de la tierra por un foso.
Recorrer la ciudad en este atardecer dulce, sin exceso de calor y con una luz que suaviza tonos y contornos, sin prisa ni agobio grupal, constituye una auténtica delicia. Vamos recorriendo el perímetro que dibuja la muralla. Las fachadas nos llevan a Italia. Fue la única isla no ocupada por los turcos, con lo que hay presencia abundante de iglesias y sobre todo tienditas de venta de "suvenires". Hay rincones encantadores que parecen decorados con buganvilias y jacarandas, en los que colocar unas mesitas para la cena de los guiris.
A la hora prevista el autobús nos lleva al hotel, que resulta algo decepcionante, a pesar de la entrada y la piscina. Habitaciones con bañera (¿para gente joven de nuestra edad?), cisterna rota, sin sillones donde dejar la ropa... así que salimos a cenar con algunos de nuestros compas, que están prontos y dispuestos. Nos encontramos en Grecia, así que me decido por platos de aquí: la musaca o, algo que no había probado nunca, una olleta de tomate al horno con queso feta. Notamos la diferencia de precios con Albania. Aquí está todo mucho más caro. Y no veo el momento de regresar. Ni siquiera sé si seré capaz de anotar algo en la bitácora.
José Manuel Mora.
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