jueves, 10 de septiembre de 2026

ESTRASBURGO

 Viaje de estudio

Suelo señalar siempre, al inicio de estos cuadernos de bitácora de viajes colectivos, que cada quien habría podido elaborarlo desde su punto de vista, y sería distinto al que voy a intentar plasmar, para que sirva de memoria de otra de las actividades de la Asociación del Alumnado y Alumni de la Universidad Permanente de la Universidad de Alicante, más en este año que celebramos su 25 aniversario. Aunque la entrada venga titulada como "Estrasburgo", tal vez debería encabezarse con el nombre del curso de verano que acabamos de celebrar: Historia e Instituciones de la Unión Europea, impartido por José Ramón García Gandía y por Heidy Senante Berendes


Hago memoria y recuerdo mi primer curso de verano, becado salmantino, en el Palacio de la Magdalena de Santander, con cursos y conferencias matinales y tardes de libertad. La AAUP los organiza en septiembre, una vez pasada la canícula. Hubo una primera exposición de J. Ramón García, quien realizó un recorrido histórico desde el s. XVIII, que es cuando se empezó a hablar de la idea de Europa, un continente que se había debatido en constantes guerras fratricidas durante siglos. Llegó hasta el Tratado de Lisboa, de 2007, ya con la Unión Europea configurada. Heidy Senante nos fue explicando los distintos organismos y su funcionamiento, bastante complejo todo ello, pero necesario para entender lo que vendría después, el viaje a Estrasburgo para conocer in situ la sede del Parlamento Europeo.


El vuelo es tranquilo. Sobrevolamos lo que parecen las costas de Córcega y Cinque Terre. Pronto comienzan a divisarse los Alpes, en los que aún quedan sombras de nieve. Aparecen luego los lagos, con el enorme de Lausana, y muchos otros que espejean a esta hora, brillantes como de estaño líquido. Conforme descendemos, aparecen las primeras casas, tan típicas, con tejados a dos aguas, negros o rojos, preparados para recibir nieve invernal, con fachadas coloristas. El aeropuerto de Baden-Baden, ya en Alemania, es casi inexistente: una torre de control y un pequeño edificio en el que recoger las maletas, trámite que se realiza con cierta rapidez.



El bus nos espera. El chófer, francés, es muy severo. No puede entrar hasta el hotel al ser zona peatonal todo el centro de Estraburgo. Se nota que estamos en Francia. Nos deja en la estación central de la ciudad, que luce una estructura de cristal, ovoide, que resulta curiosa. Hay que coger taxis para cuatro personas. En el trayecto, Carmen se da cuenta de que no lleva su maleta, lo que la pone naturalmente muy nerviosa. Finalmente Jorge ha estado al quite y la ha recogido él. Todo vuelve a la calma al llegar al Hotel de l'Europe, como no podía ser de otra manera, viniendo a lo que venimos. 



Comemos en un restaurante que tiene un nombre impronunciable: Winstub le Zehnerglock. No es demasiado grande y lo llenamos por completo. Marisa se ha encargado de reservar platos de comida típica de Alsacia. Y aquí nos sirven un primero de foie, espeso y consistente. Luego, un codillo brutal, con patatas y col fermentada, sabrosísimo, que me resulta imposible de acabar. Terminamos con una crêpe con helado y café. Salimos luego, y esta vez soy yo quien, para no perder la costumbre de anteriores viajes, me dejo la mochila en la silla. Marisa, una vez más, al quite, la recoge y me riñe, comme il faut. Dejo foto para los que crean que exagero.



Caminamos entre fachadas cubiertas de plantas trepadoras, de un verde que contrasta bien con las vigas de madera a la vista. Las terrazas de las cafeterías, dispuestas en las calles, están a rebosar. La gente parece aprovechar unas temperaturas que no son las que habitualmente se dan en esta época del año.


Y así llegamos a la plaza de la catedral (s. XI al XV), una de las más grandes del medievo. Para quien no la ha visto nunca supone un aldabonazo a su capacidad de asombro. Y, aunque ya estuve aquí en 2003 con una beca Leonardo de la UE, vuelvo a quedarme maravillado ante la belleza de este encaje hecho de piedra arenisca, la que se usa en toda la ciudad, por ser la típica de la zona. Se nota el poderío del obispado de la época carolingia, convertido en un señor feudal. Quedó bajo el dominio germánico nombrada como "ciudad imperial libre", hasta que revertió a Francia en el s. XVII.


Para hacerse una idea del "baile" padecido por Alsacia a lo largo de los años, basta pensar que en el siglo XX cambió cuatro veces de manos entre Francia y Alemania, dada la riqueza minera que poseía y su centralidad geográfica. El ser ahora sede del Parlamento Europeo le ha dado estabilidad e importancia. Notre Dame de Strasbourg se levantó como románica y, tras sucesivos incendios, se rehízo en el XIII, en pleno gótico que acabaría en su portado siendo ya flamboyant. El diseño original era con dos torres coronadas por dos flechas, pero la obra quedó interrumpida y por lo tanto inconclusa, con una sola de 142 m. de altura. Es difícil captarla en toda su grandeza. Las fotos que dejo son vanos intentos.


La guía, Nerea, alicantina, está muy informada. Es arqueóloga, especializada en egiptología jeroglífica. Entramos en el edificio con nuestros pinganillos colgando de la oreja para que escuchemos las explicaciones sin molestar a los demás visitantes. Originariamente protestante desde Lutero, acabó siendo católica desde el s. XVII. Felizmente se libró de las destrucciones bélicas y los vitrales, magníficos, se han conservado, al igual que el rosetón de la puerta del poniente. Llama la atención la última vidriera incorporada, con el rostro de Cristo formado por cientos de retratos de caras de personas anónimas. El altar mayor se alza sobre unas gradas, lo que le da más prestancia.




Hay muchas curiosidades en su interior, como por ejemplo el órgano barroco del tipo nido de golondrina. Debe ser increíble escuchar su sonoridad. A la derecha de la nave principal se alza un reloj astronómico del s. XVI, con toda una serie de artilugios para señalar las horas, las estaciones, las fases de la luna, los signos del zodíaco y los días de la semana en un carrillón que gira en lo alto, con sus nombres latinos. Llegamos a tiempo de escuchar cómo dan las campanadas de las 17:30, un auténtico espectáculo sonoro. Nos señalan un púlpito gótico florido, con la figura de un perrito en la base, recuerdo del que calentaba los pies del predicador. Llama la atención entre tanto santo de piedra.




No puede uno dejar de fijarse tampoco en unos retablos tardo góticos, así como en un crucificado inmenso, que parece flotar entre los arcos. Casi a la salida, me llama la atención una bellísima y humilde pietà gótica, con el Cristo en sus brazos, casi imposible de ser sostenido. Me atrapa su delicadeza, su ingenuidad. Me doy cuenta de que aunque estuviera en la ciudad, tal vez no visité el interior de la catedral, o al menos no lo hice con tanto detalle bien explicado. Es posible que la memoria vaya fallando también, naturalmente.




Al salir, en un ángulo de la plaza se alza un edificio que es muestra del poderío económico de quien lo mandó construir. Es la casa Kammerzell, gótico civil tardío, que muestra cómo se mantiene sobre vigas de madera a la vista, de roble, perfectas para sustentar la construcción sobre suelos arcillosos que pueden ceder algo y que permiten que se reajusten. Se han llegado a numerar las vigas cuando ha habido que trasladar alguna edificación, para recolocarlas en su lugar tal como estaban en su origen. Ésta en concreto es Patrimonio de la Humanidad y es imposible que pase desapercibida al paseante.


Y vamos dirigiéndonos ya al hotel. Atravesamos la plaza Gutemberg, con la escultura del tipógrafo sobre un pedestal. Está junto a un tiovivo finisecular, lo que llamábamos "caballitos" cuando éramos pequeños. Resulta llamativo el edificio que alberga en la actualidad la Cámara de Comercio y que es del s. XVI. El abuhardillado de su tejado se levanta airoso. Se me va la imaginación pensando en las personas "del servicio" que se alojaran allá arriba, sin ascensor, claro.



Y en un último esfuerzo ella nos lleva hasta lo que se conoce como la Petite France. Era una zona de tundidores, que quedaba al margen del centro para evitar los malos olores del curtido de las pieles. Ahora tiene, en esta hora atardecida, un aire de tarjeta postal, muy turística, todo el mundo viene hasta aquí a sacarse las últimas fotos del día. El reflejo de los edificios en las aguas del canal queda muy pictórico.



Nuestro hotel se halla situado estratégicamente entre este punto final del paseo y la plaza de la catedral. Reparten las habitaciones y subimos por fin a descansar. Yo la comparto con Pedro, un viajero empedernido, que parece acoplarse bien con todos los compañeros de habitación que le han caído en suerte. Mientras él descansa, yo escribo para no olvidar todo lo visto y poder trasladarlo después a esta bitácora que ahora podéis leer. Él sale de paseo, como hace gran parte de los miembros del grupo. Con la comida que hemos tenido, yo me encuentro incapaz de cenar, así que, ya anochecido, decido dar una vuelta en solitario. Me encanta perderme, sin mapa, dejándome llevar por la intuición. Y es así como, sin una imagen global de la ciudad en la cabeza, acabo deambulando entre casas iluminadas, con terrazas donde la gente cena tranquilamente.


Es increíble la cantidad de personas que cena, pasea o bebe y la serenidad y el silencio que lo llena todo. Hay una sensación de quietud y de seguridad, sin la baraúnda que caracteriza las calles peatonales de Alicante. Estamos en otro nivel. Bien es cierto que no dejan estos rincones de dar la sensación de un encantador parque temático para guiris. Mientras me como un helado, me encuentro con una sorpresa agradabilísima, mis amigos Javi y Angelines. Con ellos es todavía más perfecto el paseo y acabamos en los conocidos como Puentes Cubiertos, unas torres defensivas del s. XIII, de diecinueve metros de alto, muy auténticas. Bajo ellas circulan pausadas, silenciosas y negras, las aguas del canal que rodea la ciudad. Todo tiene un aire mágico a esta hora, como de cuento infantil que nos deja boquiabiertos. Tengo la sensación de no haber estado aquí nunca antes. Y comento que, sólo el paseo que estamos dando hace que el viaje me haya merecido la pena. Acabarlo acompañado, ha sido un plus. En situaciones así uno echa de menos a las personas que le son más próximas y lamenta que se estén perdiendo la experiencia. La compartiré mediante fotos y escritos.




Volvemos hacia el hotel por otro camino y nos tropezamos con otra iglesia, la de St. Vincent le Vieux, con varios elementos característicos: el techo inclinado, abuhardillado, y dos torres asimétricas, una hexagonal y la otra cuadrangular. Es protestante y no tiene casi ningún adorno.

Vamos ya con ganas de llegar al hotel y descansar. Entre el madrugón matinal, el vuelo y el viaje en autobús, más la visita guiada, hay que reconocer que ha sido un día intenso. Demà, més.

José Manuel Mora. 






miércoles, 8 de julio de 2026

Viaje a los Balcanes XIII

 

Balcanes XIII y final


Podgorica 

Esto se va acabando. Por fin. Podré dar carpetazo a la bitácora. Hoy nos dirigimos a la que es capital administrativa de este pequeño país. También ella llegó a formar parte del imperio otomano durante cuatro siglos, del XV al XIX. Tras la II Guerra Mundial pasó a integrarse en Yugoslavia. La ciudad recibió el nombre de Titogrado. Durante los bombardeos quedó arrasada y casi todo aquí es de nueva planta. La animan los numerosos espacios verdes que la cubren aquí y allá. Nos llevan a ver la Torre del Reloj (s. XVII), exenta, orgullosamente enhiesta, con su aparato de fabricación italiana.


Vamos luego a la Catedral de la Resurrección de Cristo, ortodoxa, un mamotreto levantado en 1993 y consagrado en 2003, lleno de dorados grandilocuentes. La cúpula está acompañada de dos torres, una a cada lado. En su interior uno de los frescos que quiere representar al pueblo creyente incluye los retratos de Marx, Tito, Engels y tutti quanti.



Y desde aquí, a Cetinje, un poco la capital cultural del territorio, sede religiosa y objeto de ataques otomanos que no lograron dominarla. Como curiosidad anoto que, aquí, se editó el primer libro escrito en caracteres cirílicos en los Balcanes. No puedo olvidar el nombre del blog: Módulo de Biblioteconomía, Archivística y Documentación, donde se creó y donde impartí hasta mi jubilación. Mentira parece que se mantenga vivo. Nunca lo imaginé.


Un tal Nicolás Petrovic reinó en el XIX y mandó levantar avenidas, palacetes de estilo parisino, embajadas y centros de poder, entre ellos, su palacio, que visitamos. Está lleno de lujo, mobiliario de época, cuadros, todo de 1871, lo que a mí me deja bastante frío, como el monasterio ortodoxo, en el que no piden credenciales para ingresar. Comemos luego en un sitio en el que no hay agua por avería general, según anoto en la bitácora, aunque no lo recuerde.


Vamos ya hacia las montañas, todavía muy altas, tanto que cuando el nuevo guía señala Budva, donde se supone que estuvimos, no sólo no la reconozco en la distancia, sino que no recuerdo cómo era. Las fotos ayudan a deshacer la desmemoria. No seguimos por la carretera que hicimos, hace la friolera de diez días, qué lejos ya tras todo lo vivido. Bajamos al lago/fiordo de Kotor. El bus sube a un transbordador y cruzamos el estrecho que da entrada a esta maravilla natural.



Y desde allí, en un trayecto corto, llegamos a Herceg Novi, zona de hoteles de gran capacidad con vistas a unas aguas invitadoras. Esta vez no me lo pienso y bajo a darme un baño de atardecer en el Adriático, cálido, límpido, soleado y casi sin gente.


Luego hay que prepararse para la cena de despedida. De camino al restaurante vemos cómo la luz se duerme a lo lejos.



A pesar de que la pescadilla y el postre me están buenos, el servicio es lento y algo desesperante. A lo mejor es el cansancio, que va haciendo mella.
Al día siguiente pasamos la frontera hacia Croacia con bastante suerte. El guía se despide, como hizo Florina el día anterior. Le hacemos la ola a Edi por sus desvelos, su pericia, su profesionalidad. Al llegar al aeropuerto, casi no lo reconozco. Qué diferente es ver las cosas con luz. Desde el aire me llevo las imágenes de la costa croata tal como la recordaba.




Como creo que ya dije al principio, excusatio non petita, acusatio manifesta. Recuerdo que señalé que se trataba de una bitácora personal, aunque es evidente que implicaba a un colectivo. Seguramente muchos tendrán otros recuerdos, otras vivencias, otras sensaciones. Si estas líneas sirven para asentar parte de todo lo que descubrimos juntos en este viaje algo enloquecido, lo daré por bueno. Como se decía en el teatro del Siglo de Oro, "Perdonad sus muchas faltas".

José Manuel Mora.








Viaje a los Balcanes XII

 

Balcanes XII


 Prizren

Hace un día radiante. Desde el balcón del comedor del hotel nos sacamos fotos. Salimos a dar un paseo con la guía, siguiendo el curso del río, que baja fresco y rompiente. Cruzamos un puente de piedra, que ya nos llamó la atención anoche. De hecho, dejo la foto que saqué entonces.


El dominio turco de cinco siglos se hace presente en las casas de doble altura, cubiertas de tejas rojas y en los minaretes que sobresalen sobre ellas, apuntando al cielo con su dedo de piedra.


Nos dejan un tiempo libre y nos escapamos del grupo, caminando por calles empedradas, umbrosas, con terrazas bajo los árboles donde uno puede tomar un café fresco y tranquilo. No pasan coches. El cappuccino está bueno. Cuando volvemos, observamos una portalada de gruesas columnas de mármol. Un edificio cerrado, según los vigilantes. Pero al darle la vuelta, vemos una puerta entreabierta. Y entramos. Vacía, blanca, luminosa. Hacemos un par de fotos discretamente.


Algo más allá, una iglesita con la típica planta ortodoxa. Dentro tan sólo hay un "sacristán" que nos permite admirar y fotografiar las pinturas parietales. Otro momento mágico, por íntimo e imprevisto.


A las once hay que estar en la mezquita de Siman Pasha (s. XVII). Su minarete de 43 m. de altura es visible desde cualquier punto de la ciudad. Y aunque ya estuvimos anoche, verla ahora llena de luz le da otra perspectiva.




Y se inicia el siguiente recorrido en bus que también se prevé largo. La Agencia y la Asociación nos tienen preparada una sorpresa, la visita a unas bodegas prestigiosas de la zona. La entrada es la de un castillo de cartón piedra. A su alrededor, viñedos. Los 14° permanentes y necesarios para la conservación de los caldos y mi imposibilidad de beber alcohol hacen que me salga pronto al exterior. Afuera paso un buen rato con Edi, que canta en italiano con su bella voce piezas conocidas. Los que van saliendo, lo hacen contentos, "entonados". Para muchos ha debido de ser de los mejores momentos de la excursión.


Hay prevista una visita a un monasterio ortodoxo serbio, el de Visoki Dečami (s. XIV). Esta protegida por miembros de la KFOR, para evitar posibles atentados. El jefe es un italiano estricto que exige que las mujeres cubran sus hombros y los varones de pantalón corto nos en volvamos en unos pareos coloridos y ridículos. Ya el exterior sorprende por el mármol rojo, amarillo y ónice. Tiene todo el aspecto de una iglesia románica italiana. Está dedicada a Cristo Pantocrátor.


Al entrar, la sorpresa junto a la emoción embarga al grupo. Nos piden que escuchemos la explicación primero y luego se harán las fotos. A muchos nos resulta difícil esperar. Los murales abarcan desde el suelo hasta el techo en una ilustración bíblica para los iletrados, que parece sacada de la Italia medieval. Los frescos no han sido restaurados, lo que hace que nos parezca todo más increíble, como que se salvarán de tanta guerra balcánica.


Columnas, iconostasio, muros, bóvedas, cubiertos de pinturas llenas de ingenuidad y tal vez por eso más bellas. El Pantocrátor tiene una mirada penetrante, de fuerza sobrecogedora. La Adormición de María me transporta a Elche y su Misteri. Junto a ellos, coro de ángeles guerreros, Santos, arboles genealógicos en una sucesión que necesitaría horas de comentarios minuciosos para degustarlo todo en profundidad. Cualquiera tendría problemas para elegir qué poner aquí. Yo, también. Pido perdón a los iconoclastas.


No quiero aburrir. Lo dejo, pero tengo más, como todos los compás del grupo. Y llegamos a comer en un lugar umbroso, en el que el agua corre rumorosa y clara bajo la bóveda arbórea. Lo que era fresco al llegar, se va convirtiendo en aire húmedo, que hace que algunos pidamos mantas para cubrirnos.


Y vuelta al bus. Vamos ascendiendo hasta los mil metros con restos de nieve entre tanto árbol picudo y oscuro, culebreando por curvas imposibles de casi 360°. Estamos llegando a la estación de montaña más importante de Montenegro, auténtico paraje invernal, Kolasin. El pino negro que cubre las laderas es el que acabó dando nombre al país. Al llegar, llueve con fuerza. No hay lugares cerca donde cenar y nos quedamos en la habitación. Día intenso.

José Manuel Mora.