martes, 28 de abril de 2026

VIAJE A EXTREMADURA V: Mérida, Badajoz, Parque Natural de Monfragüe, Cáceres, Trujillo y Guadalupe 6 al 11 de abril 2026

 

Trujillo, Guadalupe y regreso




Fin de viaje

Ha amanecido un día luminoso, casi con calor. El viaje en dirección a levante es largo con el sol de frente, entre dehesas que, con las lluvias pasadas, están cuajadas de verde. El vacuno pasta tranquilo. Y una vez más quiero dejar constancia de la fragilidad de la memoria. Estuve en Trujillo con 20 años, en mi Paso del Ecuador, camino de Lisboa. Salvo el documento gráfico de mi álbum de fotos (B/N) no recordaba nada más que la enorme y bella plaza a la que llegamos. El lugar, a los pies de la escultura ecuestre de Pizarro (1929), es el idóneo para una nueva foto grupal.




El esplendor de esta ciudad de aire renacentista, arranca en los tiempos de la Reconquista, cuando se la tomó a los musulmanes, que habían levantado una impresionante alcazaba, que desde abajo no se aprecia en sus dimensiones reales. Los reyes fueron ofreciendo tierras a la nobleza que ayudó en la empresa bélica para repoblar los extensos territorios conquistados. Esas tierras ofrecidas como recompensa son la base de los latifundios existentes en la actualidad. Fruto de la explotación de los terrenos, estos nobles pudieron ir levantando palacios soberbios, blasonados, con los característicos balcones esquinados, portaladas con columnas, fachadas con elegantes almohadillados y enormes escudos nobiliarios que daban cuenta del linaje de los propietarios. Algunos de ellos ya labraron su fortuna en México e incluso volvieron casados de allí.



Callejeamos hacia la parte alta de la "ciudad", pues tiene ese título. Se suceden los rincones pintorescos decorados con un ciprés, plazas con naranjos, palacetes, torreones... Algunas callejas al pie de auténticos bastiones altísimos son tan estrechas que fue necesario labrar una rodela en uno de los edificios laterales para que pudieran pasar los carros. Por un empinado callejón descubrimos la primera puerta en esquinazo con su balcón correspondiente. Llegamos a la zona de los aljibes, ahora cubiertos y hacemos un alto para seguir escuchando a la guía que, como es de aquí, lo conoce al dedillo. Todo me resulta nuevo y hermoso. Me queda claro que no llegué hasta aquí en 1968. Al pasar por un arco almenado, descubrimos también una alberca que ofrece su imagen especular. Y más allá la iglesia de Sta. María la Mayor, de un románico del XIII de lo más esbelto.




Y ya en la cumbre contemplamos el panorama de dehesas arboladas que se extiende hasta el horizonte, y los muros enormes ante los cuales se alzan, a modo de un dolmen triple, tres piedras graníticas imponentes.




Entramos en la alcazaba por un arco moruno de herradura, casi granadino. Su interior está totalmente amurallado y deja en medio un espacio vacío enorme que, curiosamente, tiene una reverberación increíble que invita a cantar, aprovechando que casi no hay nadie. Desde las almenas, la vista panorámica enriquece y completa la idea que podíamos habernos hecho de la ciudad.



Regresamos a la plaza donde disfrutamos de un rato de tiempo libre antes de enfilar a Guadalupe. El bus nos conduce al Parador guadalupano, donde comemos y descansamos en la medida que cada uno puede. Cuando llegamos ante la fachada del Monasterio de Santa María de Guadalupe, uno se asombra ante su imponente frontal, flanqueada por dos soberbias torres que le dan aspecto de fortaleza; fue un convento jerónimo, ahora en manos de franciscanos, que se levantó en el s. XIII a resultas del descubrimiento de la imagen en el río Guadalupe (Wad-al Luben, o "río escondido"). Tras el de Santiago, es el más visitado de España. Las tierras hispanas, sobre todo México, la hicieron también suya. Como comprobaremos conforme avance la visita, el edificio combina infinidad de estilos arquitectónicos, dado el tiempo que llevó levantarlo: el mudéjar, como veremos al entrar en el centro del claustro, el gótico de rosetones inmensos, seguido del arte renacentista y el barroco que ornan el interior.


A la entrada hay carteles que advierten de la prohibición de sacar fotos. El can Cerbero que nos acompaña en el recorrido ya se encarga de evitar las tomas de estrangis, incluso con malos modos. No se entiende cuando ahora, gracias a gogle, uno puede acceder a todas las imágenes que se deseen. La nave central, de un gótico elevado, llama la atención por la riqueza de su retablo dorado, ya del s. XVII, y por la luz que se filtra desde el cimborrio octogonal. Dado el ritmo estajanovista de la visita, casi no hay tiempo de disfrutar con detalle de todo ello, aunque mirando hacia atrás, el coro deja ver las nervaduras góticas.




A mí, que no me llaman la atención los "tesoros" eclesiales, me atrapan los tejidos de casullas y capas mitrales bordados con primor extremo, cercano a la pintura renacentista que se exponen en una de las salas en el interior de vitrinas protectoras, en lo que es el Museo de Bordados y Orfebrería. Consigo atrapar un par de imágenes de tallas de épocas bien diferentes, una tardo gótica; la otra plenamente barroca en su tremendismo. Lo hago con la intención de burlar al terrible vigilante. Como el hecho de dejar aquí una de las que se encuentran en la red. No me detengo como debiera en el museo de lo libros miniados, cantorales enormes con notas musicales que no sabría descifrar y que se colocaban en el facistol central a la vista de todos los monjes que debían cantarlo..




La llegada al claustro suaviza la tensión, porque aquí sí están permitidas las fotografías y hay rincones que merecen ser guardados como recuerdo, ámbitos perfectos para la meditación: una fuente lavatorio en el patio mudéjar de arcos de herradura, un corredor coronado por ojivas de crucería gótica repintadas, una doble puerta plateresca... Aquí se respira de otra manera.



Y desde allí subimos a lo que se considera la sacristía (s. XVII), una nave que se conserva íntegra a pesar de sus cuatrocientos años de antigüedad y que alberga en sus paredes unos lienzos hermosos de Zurbarán. Somos muchos y la sala está atestada. Vuelve a haber un choque con el vigilante, que llama la atención con malos modos a una de las viajeras que se ha atrevido a enfocar el conjunto con su móvil. Le obliga a borrar las fotos. ¿No sabe que luego se pueden recuperar? Aquí dejo una nueva panorámica pirateada para no olvidar el momento. No me quedo con las ganas de tomar yo también la capilla del fondo dedicada a S. Jerónimo. El fanal de latón dorado que cuelga en primer término fue arrebatado a los turcos en Lepanto.



Finalmente visitamos la capilla en la que se puede ver de cerca la imagen de una "moreneta", esta vez extremeña. El color de la talla no era inusual en el medievo, más por estar hecha de madera de cedro. Sucede que todo el ropaje con el que han revestido a la imagen, hacen que pierda el encanto y la ingenuidad de la obra original, sedente. Allí un franciscano nos cuenta la historia de su hallazgo y cómo las paredes están dedicadas a plasmar a las mujeres "fuertes" de las Escrituras. Permite luego que los creyentes se acerquen a besar algo relacionado con la imagen. A la salida, y frente a una fuente románica en el centro de la plaza, toca hacer la "fotito posteridad".


Llegamos derrotados a nuestro destino, pero Marisa guarda una penúltima sorpresa, una cena "de gala", a la que todo el mundo baja con "el culo del cofre", eso que no nos habíamos puesto todavía, reservado para una ocasión especial. Somos los únicos que ocupamos el comedor del hotel y, aunque nos lo pasamos muy bien, el servicio esta vez deja algo que desear, dado lo numerosos que somos y el escaso personal. Pecata minuta para un viaje que está resultando cuasi perfecto, sin incidentes dignos de mención. Dejo aquí una foto de la Vice, como homenaje y agradecimiento a tanta dedicación como ha puesto en la organización del viaje.


Y, cuando ya creíamos que el último día tendríamos bastante con llegar a nuestras casas sanos y salvos, aún quedaban dos sorpresas: una propiciada por Francisco, nuestro chófer, quien al llegar a Toledo se permitió un recorrido panorámico de la ciudad circundada por el Tajo. Es el momento de la foto de grupo y del despliegue de nuestra pancarta conmemorativa en el Puente de S. Martín.




Y todavía algo más con lo que no contábamos: que la ciudad estuviera engalanada, preparada con pólvora y dispuesta a celebrar Les Fogueres alicantinas, con un grupo de belleses venidas para el evento y que se alojan en el hotel donde nos sirven el mejor bufé de todo el viaje. Ahora sí las juntadas en las distintas mesas van teniendo un aire de despedida. Pero esto no hay quién lo pare, como ha plasmado Manolo gracias a la IA en su recorrido diario del viaje, mucho más divertido y ocurrente que estas líneas. En la parada obligatoria de Almansa, la Junta ha preparado un picoteo final con embutidos y vinito. Todos lo celebran con risas y abrazos propiciados por el alcohol y el final del viaje.


La llegada a Alicante se realiza sin problemas y cada mochuelo se retira a su olivo. Creo que serán necesarios algunos días para reponernos. Gracias a todo el mundo por haber propiciado que todo saliera bien. Y hasta la próxima.

José Manuel Mora.





domingo, 19 de abril de 2026

VIAJE A EXTREMADURA IV: Mérida, Badajoz, Parque Natural de Monfragüe, Cáceres, Trujillo y Guadalupe 6 al 11 de abril 2026

 

Cáceres

Viaje al pasado

Primer día y tal vez el único en el que no es necesario madrugar. Se suaviza la dura vida del turista, aunque en el desayuno comunitario hay carreras y empujones. La guía nos espera en el exterior para acompañarnos en el paseo por el casco histórico de Cáceres. Antes, y desde la plazuela delantera del palacio, nos explica que antaño fue usado como maternidad, entre otras funciones. Da gusto mirarlo a la luz de sol y alejarse para hacer alguna foto ilustrativa y curiosear una iglesia que hay enfrente, cerrada a cal y canto, la de Santiago, que intentaremos visitar a la tarde, cuando esté abierta al culto.


Adentrarse en el casco antiguo de la ciudad es como retroceder en el tiempo, viajar hacia atrás, internarse en una ciudad de murallas almohades, que se levanta con suavidad por callejas en leve cuesta hacia su centro mollar. Dos de las torres que flanquean el Arco de la Estrella, una de las puertas de la fortaleza, están ahora cubiertas de andamios para su restauración. A todos nos parece que es el lugar ideal para la foto de grupo, aquí sin apreturas, aprovechando que son pocos los turistas que a esta hora pasean por el lugar y que no llueve. En cualquier caso, en este "marco incomparable" es fácil situarse temporalmente siglos atrás. Como se puede apreciar en la foto, no parece que el fresco matinal nos esté afectando mucho.


Conforme nos metemos en el dédalo de callejuelas, los palacios, las portaladas, los escudos, las iglesias, las torres se van sucediendo, sin que apenas haya lugar a escuchar a la guía y a conseguir al tiempo la foto que queremos. Ella parece conocedora de los rincones que se han usado para el rodaje de series famosas. Esto a mí casi me da lo mismo, más atento a las huellas mudéjares, tardo góticas y platerescas de una ciudad que dejaba atrás su aspecto militar de época medieval, para albergar a la nobleza que apoyó a Carlos I, a pesar de que su abuela Isabel hubiera desmochado las torres que pudieran hacerle sombra a ella, la reina de Castilla. El palacio de los Toledo-Moctezuma, cuyo nombre ya es indicio de mestizaje, se alza poderoso, reestructurado en el s. XVI.




El convento de Sta. María de Jesús ocupa una parte del edificio, que llama la atención por sus torres disímiles y sus matacanes; la otra parte, conocida como palacio de los Golfines de Abajo (s. XVI), es ahora sede de la Diputación, una vez que fue desamortizado. Algo más allá, el Palacio de Mayoralgo, de simetría casi perfecta gracias a sus ventanas geminadas.



En lo alto de la colina se alzan dos torres blancas, que fueron de los jesuitas, aunque por poco tiempo. Y nos encaminamos hacia lo que es la entrada a una cisterna usada por la comunidad frailuna. Se halla una vez se pasa un pequeño museo con vestimentas de Semana Santa. Hay que bajar unas escaleras para llegar a la alberca donde se acumula el agua de lluvia bajo un lucernario que cede la luz hasta la hondura de la superficie estancada. Nos explican que, en la sala superior hay un pozo con agua de manantial, ésta sí limpísima, de la que bebían los monjes.




Deambular por callejas sin tráfico, estrechas como de zoco árabe y seguir tropezándose con edificios de solera en un rincón cualquiera, es una continua sorpresa. Así sucede con la Casa del Sol, o de los Solís, gótica del s. XV, que luce un escudo con un sol de rostro humano coronado por un yelmo bajo el alfiz y su correspondiente matacán semicircular. O una torre más allá, tapizada de un verde trepador que la realza. Y aún en otro recodo, el Palacio de la Generala, muy plateresco, hoy propiedad de la Universidad de Extremadura.



En la Plaza de S. Pablo nos damos un respiro, aprovechando el banco corrido de piedra adosado al muro de un convento. Y es el momento de posar de nuevo, con muchas risas, porque alguien propone agruparse como en el viejo juego de las chicas con las chicas y los chicos con los chicos. El gamberreo de la "cierta edad" suele ser bienvenido por todo el mundo.



Y al bajar de nuevo a la Plaza, nos separamos del grupo. Nosotros tenemos cita con mi ahijada María a la hora del café, así que volvemos al hotel y nos dedicamos a curiosear. Hay una sala que ejerce las funciones de biblioteca, donde encontramos unos cuadros que nos llaman poderosamente la atención. También en los pisos altos surgen las sorpresas. Dejo constancia aquí.



Nuestros compañeros se han subido al autobús y se han dirigido a las Bodegas Habla. Marisa ha concertado una cata de vinos, por lo que no creo que lo vaya a echar mucho de menos, ya que comemos un bacalhau a la portuguesa que me reconcilia con el mundo. Eso será hasta que regresen y nos enteremos de que la "cata" era un auténtico banquete lleno de exquisiteces y magníficamente presentado. Dejo la foto institucional delante del edificio. No quiero martirizarme con los "platillos" que sirvieron. Los encontraréis en las fotos de la página de la Asociación.


Nuestro reencuentro con mi ahijada María fue emocionante hasta las lágrimas. Fuimos a conocer "El Atrio", que casi abrió para nosotros. Estábamos solos en torno a unos cafés. El espacio y el tiempo dieron lugar para rememorar, ponernos al día y vaticinar futuros prometedores. Nos acompaña de regreso a la Plaza, donde se está preparando un festival nocturno con un enorme escenario para la noche de mañana. Las terrazas están atestadas, parece un lugar distinto al que disfrutamos por la mañana. Y en el hotel, con un sol poniente que ya no hiere la vista, algunos se sientan a beber algo y yo echo una carrera para entrar en la iglesia de Santiago, donde descubro un retablo barroco imponente de A. de Berruguete. Las fotos son cortesía del Sr. Arenillas.


Ya solos, nos planteamos una cena sobria de tostada con jamón y cervecita, en un momento apacible tras un día tan intenso. No sé si el resto podrá tomar algo. Nosotros nos retiramos por el foro.



José Manuel Mora.