martes, 7 de julio de 2026

Viaje a los Balcanes IX

 

Balcanes IX


Macedonia del Norte 

El nombre de este país me trae a la cabeza el conflicto con una de las regiones griegas, llamada simplemente Macedonia, que no acepta que el vecino norteño quiera llevar su mismo nombre. Seguro que en un tiempo ambos territorios formaban una unidad. Las guerras balcánicas lo complicaron todo. Nos adentramos pues en un territorio completamente desconocido, como los anteriores, por otra parte. Es éste un viaje de "descubrimientos". Dormito hasta llegar al lago Prespa, todavía en Albania, que se difumina en grises hasta la silueta de las montañas al fondo. En medio parece flotar una isla diminuta, Maligrad, con un edificio de planta baja y techo rojo. Se trata de un parque nacional.








Dentro del museo hay piezas hermosas, como la máscara teatral, que me resulta curiosa al estar esculpida en piedra. Cuando llegamos al teatro, la guía nos habla de la necesaria resonancia para las representaciones. Animados por esta información, Ángel y yo nos atrevemos a cantar una pieza de nuestro coro que nos gusta mucho. Es cierto que la reverberación nos ayuda. Ante el "éxito" cosechado, Emilia también se anima a cantar y nos regala una jota. A nadie parece importar el calor. Tampoco a Úrsula, que nos ha acompañado desde España intentando solucionar cada problema que aparecía, siempre de buen talante. Al poner las fotos juntas, se ve claro quién sale ganando.


Y desde allí enfilamos hacia Bitola, donde se educó Attaturk, el padre de los turcos, que eso quería decir su sobrenombre. El original era Mustafá Kemal. Los minaretes se levantan por doquier, en paralelo a los campanarios. La llaman la ciudad de los consulados, por la abundancia de los mismos; también, la de los pianos, por la afición musical que se vive en la ciudad. Los carteles aparecen escritos en cirílico, lo que causa sorpresa en algunos. La calle principal está llena de contrastes arquitectónicos: edificios de la época de Tito, que se caen de aluminosis, y otros finiseculares, con balconadas curiosas.



Al final de la calle Sirok Sorak (?) vemos la estatua ecuestre de Filipo el Grande, figura emblemática para los macedonios a un lado y a otro de la frontera. Desde allí se divisan dos grandes mezquitas: la primera a la que se le ha dado un uso cultural para exposiciones y actuaciones y la segunda, enorme, que nos disponemos a visitar. Al estar vacía impresiona más con el rojo de las alfombras y el dorado de los lucernarios.



Regresamos hacia el restaurante, el "Korzo", un salón inmenso, abierto y por lo tanto ventilado. Nos sirven una ensalada del "chef" y luego cerdo al horno. Chocolate de postre, lo que siempre agradezco. A la salida damos con un grupo de quinceañeros que celebran su graduación. Con su básico inglés se interesan por nosotros. Se sorprenden de que no nos guste el fútbol. Son tan divertidos como jóvenes. De vuelta, vemos cómo el cielo va amontonando nubes. Ya en la carretera se desmelena con relámpagos incluidos. Las montañas se desdibujan bajo el agua, produciendo un efecto de sfumato pictórico. El trayecto hasta nuestro nuevo destino, Ohrid es corto. El lago al que se asoma es un auténtico mar de un color de estaño mate. El hotel está al borde del agua.


Nos animamos a caminar el atardecer. El paseo está lleno de gente algo abrigada, dado que la lluvia ha refrescado el ambiente. La ciudad la visitaremos mañana, pero ya nos vamos haciendo idea de la maraña de callejas que corren en paralelo al lago, cruzándose con las que bajan perpendiculares. Cafés y restaurantes no logran enmascarar la autenticidad de las construcciones, muchas de ellas bien restauradas. Casas familiares convertidas en museos, iglesucas y una Sta. Sofía más grande, con dos torreones y precioso ábside. 


Bajamos hasta la pasarela de madera que bordea el mar. Quedan restos de atardecer en el cielo. Y regresamos al hotel buscando dónde tomar algo. Al final, un helado y un "tres leches" muy rico. Cuesta llegar de nuevo hasta el hotel. Caemos rendidos.

José Manuel Mora.

















Viaje a los Balcanes VIII

 


Balcanes VIII

Largo trayecto con sorpresas   

Compartimos el hotel en el que nos encontramos a la hora del desayuno con un grupo de machuchones, del que no consigo extraer una palabra comprensible o reconocible por su origen. Acabo preguntando y me sorprenden con la información de que son israelitas. Al llegar al bus Florina nos advierte de que va a ser una jornada larga, pero que en contrapartida tendrá bellos paisajes. Recibe una llamada del hotel. Los de la 311 se han dejado una riñonera. ¡Es la nuestra! Tras mi sombrero, esto. Nos sugiere pagar un taxi para que nos la lleven al próximo punto de descanso. ¡Quin desastre! Asentimos, claro. Conforme el bus toma dirección sur, una nueva cordillera se levanta a nuestra derecha. En sus cumbres, una mano maestra ha dejado toques de nieve sin derretir. Las paredes negras descienden verticales hasta lo que parecen antiguos lechos glaciares desaparecidos. Más abajo empieza la arboleda que se detiene junto a una lámina de cristal, jade frío, roto a veces por espumas brillantes. Un arenal abraza el meandro donde unos domingueros practican con canoas.



Y así llegamos a Përmet, pequeña localidad a la que llaman la "ciudad de las rosas". Nos dejan media hora de asueto para "cafeses" y necesidades perentorias. Ese rato lo aprovecho para bajar hasta el borde del río que la atraviesa. Junto a él hay un monumento que da la bienvenida a quienes a ella llegan. Sin entender el idioma, se comprende el apelativo con el que se la conoce. No hay mucho más que ver aquí. Y además nos llega la riñonera olvidada. Otros compañeros no han tenido tanta suerte con su maleta.


Siguiendo el curso del río, llegamos a un punto en el que éste hace frontera con Grecia. Las fronteras, inventos humanos que no vienen marcados en la naturaleza. Y comienza entonces la remontada en dirección norte, por valles más abiertos, donde se ven vides, trigo, pequeñas huertas de carácter claramente familiar. Paramos un ratito junto a un lago, porque aún queda un trecho hasta llegar al lugar donde vamos a comer, un restaurante en medio de una inmensa pinada. Como por casualidad, muy cerca de nosotros, come la máxima autoridad de la comunidad "bektashi", rama del Islam, algo más liberal, menos formalista, más permisiva. El "Dedebaba" lleva guardaespaldas que impide que se le hagan fotos, y mira que es un objetivo bien atractivo con su vestimenta y su alto turbante. Alguien se las arregla para conseguir una.

Nos sirven una bandeja circular con infinidad de ensaladas sabrosas. Luego, un cordero que se ha quedado algo frío, dado el retraso con el que hemos llegado, pero que está tierno. El que nos sirve estudió economía en la universidad. Habla con fluidez el italiano y el inglés, pero ha decidido asumir el negocio paterno. Y parece que lo lleva bien. Aunque evito poner fotos personales, voy a hacer una excepción con Florina, nuestra guía, que tanto se desvivió por que todo saliera bien.



Tras la comida, en tan sólo media hora llegamos a Korce. Dicen que aquí se desarrolló el "renacimiento cultural albanés", causante de que se produjera la independencia del imperio otomano. Nos llevan directos al Museo Nacional de Arte Medieval, la institución más importante del país en lo que se refiere al arte. Me va a ser difícil seleccionar fotos ya que, como casi todos nosotros, me volví loco disparando con el telefonino, aprovechando que no cuesta su revelado. Se abrió al público en 1980, tras convencer a Hoxa de que, más que algo de carácter religioso, tenía el marchamo cultural. Alberga una de las colecciones de arte de esa temática más importante del mundo, que ya es decir: 7500 piezas iconográficas, que van desde el s. IV al XX. Durante el periodo de ateísmo de la dictadura, se retiraron las imágenes de los templos y se almacenaron aquí. Entre ellas está la obra de uno de los pintores de iconos más importantes de los Balcanes, Onufri, quien aportó mayor realismo a los rostros que pintaba. El uso del color en él es sorprendente, más sobre el habitual pan de oro característico. En la planta superior hay un iconostasio completo y allí se puede mirar a los ojos a los integrantes de este santoral que, aunque conocidos, se ven con otra mirada por su cercanía. Las paredes más grandes están repletas de iconos de todos los tamaños y temáticas. La verdad es que la visita merece mucho la pena.





Queda por visitar la catedral ortodoxa de la Resurrección, construida en 1994; muestra con su monumentalidad el poderío que querían transmitir. Es la segunda más grande del país. El sol poniente ilumina los tonos ocres de sus cubiertas de tejas de arcilla roja. Los dos campanarios laterales parecen querer competir con los minaretes de las mezquitas. Su interior carece de personalidad a mi entender, a pesar de su riqueza, su lámpara, su pantocrátor, vistas todas las que la han precedido.



Acabamos el largo día con un paseo por la calle peatonal, repleta de terrazas, llenas en esta tarde de domingo. Sólo nos queda llegar al casco antiguo, de suelo empedrado en su plaza ¿octogonal? De camino al hotel entramos en un hanan, especie de patio de vecinos en torno al cual se guardaban los animales, mientras se dormía en el piso superior. Una escultura de acero contrasta con los aires antiguos del entorno.



Sólo queda llegar a un hotel que tiene su puntito chic, y descansar. El día ha sido duro y sorprendente.



Mañana cambiamos de país. Seguiremos informando. Ahora ya no puedo más.

José Manuel Mora.












Viaje a los Balcanes VII



Hacia el interior

Hoy creo que se hace el mayor número de kilómetros de nuestro viaje. La travesía en el ferry hacia el continente es placentera, tranquila, luminosa. Vemos cómo se va quedando atrás la fortaleza veneciana de Corfú, que hiende la bahía en dos.


En hora y media entramos en el puerto de Igoumenitsa, que sólo vemos de refilón. Una nueva cadena montañosa se va levantando ante nosotros. La pericia de Edi consigue salvar un tráiler frontal por la estrecha carretera que culebrea entre el macizo verde que lo cubre todo. En el fondo del valle la ruta corre paralela a un río canalizado que vamos bordeando. Sus aguas transparentes manan de una fuente en lo alto, que no vemos, y que tiene 35 m. de profundidad, a la que llaman el Ojo de la Vida. De vez en cuando la montaña se puebla de casitas unifamiliares de una o dos plantas. Todo muy humano. Pasamos la frontera sin retenciones y seguimos intentando saltar obstáculos montañosos, imponentes por su altura y su extensión. Por fin comenzamos el descenso hacia un valle amplio, abierto, que parece acabar en el horizonte y que acaba conduciéndonos a Gjrokastrë. El pueblo trepa la ladera orientado hacia levante. Las casas todas son de techo de pizarra, seña de identidad otomana. Los minaretes se levantan aquí y allá entre arboleda que cubre la falda donde se asienta una impresionante fortaleza.



Se ha hecho la hora de comer y lo hacemos en la plaza, a la sombra, con un aire dulce, sin apenas calor. La cocina es casera y sabrosa, típica de aquí, cocinada por la madre de quien nos sirve, que se maneja en italiano. Nos ofrecen sopa espesa de pollo, pasteles de hojaldre rellenos con espinacas o queso, ratatouille de patatas y verduras. De postre, cerezas. Como el calor aprieta, deciden llevarnos al hotel, el Fantasy, situado en lo alto y con una panorámica espléndida. La visita queda para después de las seis.



Al salir a la luz, el pueblo descansa a nuestros pies, con un sol que ya va de bajada, casi oculto de la luz de poniente. Hay unas arcadas de piedra a la derecha, que conducen a una inmensa explanada, en cuyo extremo se alza una ermita que tiene aires de románico catalán, lo que me atrae de inmediato. El valle se abre allá abajo, quieto, dormido a esta hora, hacia el norte.





Para finalizar el día nos espera una visita. Hay que bajar a la ciudad para llegar a una casa otomana del s. XVIII. Quien nos enseña la mansión, pues de eso se trata, es la novena generación de quienes vivieron en ella. Se nota que sus propietarios, además de terratenientes, eran ilustrados. La propiedad posee el mayor número de chimeneas del pueblo, lo que es signo de buen vivir, al ser los inviernos duros por estas latitudes. Los suelos de las habitaciones están cubiertos de alfombras, ya que tenían la costumbre de dormir en el suelo. La más grande de ellas posee un plano superior desde el que las muchachas casaderas pudieran observar a sus pretendientes a través de celosías sin ser vistas. Hay excusados, pozos, habitación para animales en la planta baja, lo que les proporcionaba calor. La casa tiene tres alturas y en ella llegaron a vivir una treintena de personas. Se conserva todo tal cual. Cuando el dictador Hoxa la incautó, se convirtió en museo de trajes, lo que la preservó. Ahora se mantiene con el precio de la entrada, tres módicos euros. Es una visita de obligado cumplimiento para todos los guiris que llegan hasta aquí.


Se ha hecho de noche a la hora de salir. Y nos distanciamos del grupo. La noche sabatina ha llenado las calles empedradas y sus restaurantes y terrazas de varones jóvenes en grupo. Se ven pocas mujeres que quieran salir a dar una vuelta ellas solas. Nos sentamos en un chiringuito a tomar unas crêpes al pie de una mezquita iluminada.


El rato es tranquilo y disfrutón viendo pasar la vida. En el cruce de calles está otro grupo de los nuestros. Más animosos, disfrutan de una enorme tabla de carne, patatas, verduras... Dan buena cuenta de ellos mientras charlamos y reímos.


A las diez y media nuestros cuerpos no dan más de sí y nos retiramos. Aunque quiero escribir, no consigo redactar ni una línea.

José Manuel Mora.








Viaje a los Balcanes VI


Corfú

Estar en esta isla supone cumplir un sueño entre mitológico y literario. De un lado, Homero y Ulises. De otro, los Durrell, británicos que encontraron aquí la paz que necesitaban. A nosotros se nos sigue proponiendo el habitual madrugón. La nueva guía es griega y habla un fluido castellano. Propone dejar de lado la fortaleza y dirigirnos hacia el palacio neoclásico de finales del XIX, donde se alojaba el gobernador británico. Antes, desde la balconada, tenemos una buena panorámica de lo que puede ofrecer el lugar.



Desde allí nos dirige hacia el Liston, lo que llama la rue de Rivoli, por su semejanza con la calle parisina y sus arcadas. Todo en zona peatonal. Nos adentramos luego por las estrechas callejas de aire veneciano. Fueron siglos de presencia en la ciudad, siempre con el propósito de controlar el paso entre el imperio otomano y la cristiandad, que ellos veían amenazada. Las fachadas de las casas se tiñen de rosa pastel, de verde agua, de naranja intenso, con brotes de buganvilia conformando perfectos decorados, como el de la plazuela con su pozo.



Pasamos junto a una iglesia ortodoxa, donde nos vuelven a explicar la función del iconostasio y el ritual que siguen. Nos explican el porqué la religión está aquí tan unida al Estado, ambos con el idioma griego como seña fundamental de identidad, a pesar de tantas invasiones. Consiguieron la adhesión a Grecia en 1964. Sin embargo desde entonces la isla ha sufrido cambios profundos: de ser territorio agrícola, pasó poco a poco a ser foco de atracción turística para los británicos. No sólo los Durrell citados, también Byron y O. Wilde, la hicieron su Lord residencia. En el puerto descansan tres cruceros inmensos, que llenarán la ciudad del turismo masivo del que también nosotros formamos parte. Sólo cuando embarquemos rumbo al continente seremos conscientes de lo impresionante de la fortaleza de los venecianos.


De nuevo en el bus nos proponen una visita muy cinematográfica: el Palacio Achilleion (1891), refugio al que acudió la emperatriz Sisí para curarse de las melancolías provocadas por las infidelidades del emperador. Está siendo restaurado y sólo se pueden visitar los jardines. A tenor de lo que se vislumbra tras los cristales empañados, uno puede imaginar cómo era y cómo podrá llegar a quedar cuando se termine la restauración. Junto a la puerta, una escultura hierática de la desgraciada emperatriz y una placa en alto relieve, creo que de mármol, de corte mitológico.





El nombre del palacio hace referencia a uno de los personajes preferidos por la dama austriaca: Aquiles. En los jardines se alza la figura del héroe, esculpida en bronce, de 15 m. de altura, en actitud de triunfo total, que fue encargada por el Kaiser. Prefiero sin embargo al ser humano herido en su punto débil, su talón, caído en tierra, derrotado, mostrando toda su fragilidad. Ésta es de mármol. Dejo aquí dos muestras para que cada quien elija con cuál se queda. Hay también un peristilo coloreado como tal vez lo estaban los de la Grecia clásica.



El palacio se construyó sobre un montículo a 145 m. de altura sobre el Adriático. Desde las balconadas la vista se abre a un mar brillante en el que se despeñan roquedales inmensos y oscuros, cubiertos de matorrales y vegetación poderosa. Y uno empieza a entender la fama de la isla. Allá abajo hay alguna playita al estilo de lo que conocemos y algún pequeño chalé se esconde como avergonzado de asomarse a semejante naturaleza. Pero no lo hemos visto todo. Aún hemos de dejar espacio en nuestros corazones para la sorpresa y la admiración de más belleza.




Tras la comida, seguimos en el bus atravesando la isla hacia poniente entre olivares, cítricos y los siempre elegantes cipreses, que sobresalen apuntando al cielo con su dedo vegetal y oscuro. Los pueblitos que todavía dan a la ladera oriental se hallan encaramados en la montaña para mejor defenderse de los piratas. Vamos hacia la comarca de Paleokastrítsa, famosa por su aceite. Las playas y la costa de poniente son de un azul turquesa, que refulge al pie de pendientes imposibles entre cuevas marinas adonde el agua llega dormida. Las buganvilias lo siguen adornando todo.


Allí se encuentra el Monasterio de Panagía Theotókos. Se fundó en el XIII pero el que vamos a visitar es una remodelación del XVII. A él se llega por una empinada cuesta y, una vez arriba, atravesando una arcada de piedra de cantería que le da un toque de época. En el interior hay un barroquísimo iconostasio, ese que sirve para ocultar al pope de sus feligreses detrás de tanta belleza. No me gusta ese secretismo. Me recuerda a la época en la que las misas se decían de espaldas a los feligreses. Hay también un pequeño museo con objetos y pinturas bizantinas.




En una cabezadita estamos de nuevo en la capital. Unos se quedan en el centro, otros seguimos hasta el hotel, donde se suceden los intentos de subsanar los problemas que encontramos. Somos varios los que tenemos la idea de bajar hasta un pub mirador, desde el que se divisa una de las pistas de aterrizaje más pequeñas que recuerdo, tras la de Madeira. Los aviones cruzan a la carrera contra el sol poniente que dora las copas que algunos se toman.



Hay quienes deciden bajar hasta una especie de puente que cruza la bahía. Yo decido regresar, muerto una vez más de cansancio.


José Manuel Mora.