Colmar
De noche llovió y ha refrescado algo. En la entrada del hotel hay una maqueta espléndida que dejo aquí de recuerdo. Tras el desayuno salimos hacia el autobús atravesando una ciudad que bulle de vida tras las cuatro gotas caídas. Enfilamos hacia el sur de la Alsacia, en paralelo a la cadena de los Vosgos, coronados por castillos defensivos, al estilo de nuestras torres de vigía de la costa. La riqueza del territorio, según la guía, hizo que fuera atacada con frecuencia por los de la Lorena, de ahí las defensas. Nos explica que hace unos años, en 2014 se redujeron el número de regiones francesas agrupando a algunas de ellas, que no tenían nada en común. Los alsacianos sintieron que eso les hacía perder su personalidad. En Francia hay una única lengua oficial, el francés; lo demás se considera patois, tanto da si se trata del bretón, el occitano, o el alsaciano, todas ellas lengua de pleno derecho desde el punto de vista lingüístico. La reacción identitaria ha sido muy fuerte y se ha producido un repunte de quienes quieren aprender el alsaciano, mezcla de francés y alemán, que se estaba perdiendo. Alsacia sigue siendo rica en producción industrial y agrícola. La Universidad de Estrasburgo tiene varios premios Nobel en sus aulas. Nerea, la guía de la Romana alicantina, tiene plaza de enseñante en ella.
Llegamos a la ciudad de Colmar, atravesando una rotonda donde luce altiva una réplica en pequeño de la estatua de la Libertad que diseñó Bartholdi para los Estados Unidos de América. Parece que algunos de sus gobernantes la están ahora devaluando con sus decisiones. Al llegar al aparcamiento donde quedará estacionado el autobús, observamos la cantidad ingente de los que ya están aparcados, lo que da idea de los numerosos guiris que, como nosotros, vienen a visitar este pueblecito, de algo más de 50.000 habitantes, lo que permite recorrerlo con facilidad. Tengo algunas imágenes en mi mente de cuando vinimos a Basilea en 2008. Como entonces no escribí bitácora, lo recuerdo todo vagamente.
El grupo llega a una plaza amplia donde se encuentra un convento de de monjas dominicas, convertido en el Museo Unterlinden (s. XIII), que no tendremos ocasión de visitar, lo que es una lástima, porque alberga uno de los retablos más hermosos y dramático que yo haya podido ver, el conocido como de Isenheim, obra del pintor alemán Matthias Grünewald, del s. XVI. Voy a dejar aquí una foto sacada de la red, por si a alguien le despierta el deseo de volver para poder disfrutarlo en directo. A mí me conmovió.
Vamos brujuleando por calles atestadas de turistas, calles que parecen colocadas a modo de decorado, con sus colores vivos y sus vigas de madera a la vista, pensadas para favorecer la flexibilidad del edificio en estas tierras con demasiada humedad. Uno de ellos es especialmente llamativo, conocido como la Maison des Têtes, o de las cabezas que adornan sus balcones, de estilo renacentista alemán. El tonelero que la corona es obra también de Bartholdi. Aquí no hay río, pero sí un canal que recoge las aguas de uno cercano, usadas por los tundidores y curtidores para dejar las pieles preparadas para ser cortadas y confeccionadas. También servían como cloacas, hélàs. Ahora es recorrido por barquitas planas y silenciosas llenas de visitantes, por lo que se conoce como la Pequeña Venecia.
Y de repente, al girar una calle, en el esquinazo, se alza la casa Pfister, muestra del poderío de quien la construyó allá en el s. XVI. El torreón helicoidal coronado por una flecha en octógono, la balconada de madera, las pinturas al fresco de personajes históricos que ayudan a situarla cronológicamente... Es propiamente un decorado ante el que todo el mundo se detiene a fotografiar. ¿Cómo eran los viajes cuando no teníamos móviles? Un carrete de 36 para quince días. Ah, también se podían comprar postales... ¡Qué antigüedad!
Al pasar junto a la catedral gótica, conocida como Colegiata de S. Martín, coincidimos con un concierto de campanas. Están restaurando el interior y no entramos, pero la guía señala unos arbotantes primigenios que ayudaban a dar altura a las paredes del edificio. Luce una espléndida torre de 70 m. de altura. Frente a la puerta sur hay un edificio, la casa de guardia, con una logia renacentista que me parece muy hermoso. Y delante de esa puerta, con esculturas separadas en calles paralelas, con muestras en los laterales de cabezas que representan las enfermedades de la época, parece el sitio indicado para una nueva foto de grupo, tal vez la última.
Y pasamos también ante la casa museo del escultor Bartholdi (1813-1904). El patio está ocupado por un grupo numeroso de jóvenes italianos que escuchan la explicación del profesor. En el centro hay una escultura que representa lo que para él eran los tres pilares básicos de la sociedad: patria, trabajo y justicia.
Hay un canal más amplio que sirve de espejo tembloroso a las casas que se miran en él, abuhardilladas, con tejadillos protectores, y por el que vemos circular, como en voz baja, las canoas cargadas de quienes quieren disfrutar del paseo "veneciano". Son rincones que transportan a otra época, más en estos momentos en que los europeos están ya comiendo y hay menos gente en las calles.
Y llegamos al restaurante, donde una vez más Marisa ha acertado en sus búsquedas previas hasta localizarlo, donde nos ofrecen a modo de aperitivo una tartaleta fina y crujiente, que me hace pensar en nuestras cocas. Luego un plato alsaciano, que según dicen quienes entienden, ha debido de estar cocinándose a fuego lento toda la mañana, para que quede concentrado, sabroso, a base de cerdo, ternera, patatas y verduras. De postre un helado de pera con unas gotas de ron. Todo exquisito.
Y tras el yantar nos vuelven a dar tiempo libre. Javi, Angelines y Gloria nos dedicamos a callejear sin prisa, descubriendo rincones apretados y otros abiertos, cada uno con sus peculiaridades. Hay una especie de mercadillo callejero junto al mercado central cubierto, animado con actuaciones musicales. El Quaie de la Poisonnerie, donde residían la mayor parte de los pescadores, y el Koïfhus, edificio de la Antigua Casa de Aduanas, con su tejado todo verde de un lado, y del otro con las arcadas que dan a la plaza de la emblemática fuente Schwendi. Todo sigue teniendo aire de parque temático pensado para los guiris.
Y como por casualidad, a nuestra izquierda queda un edificio con un exterior anodino, pero que es claramente un iglesia, y está abierta a esta hora de la tarde. Se trata de la de St. Mathieu (s.XIII), originariamente franciscana, con su desnudamiento característico y su techo de madera pintada. Entramos, claro. Es evidente que ha sido restaurada recientemente. Está casi vacía. El que ahora sea luterana la ha despojado por completo de imágenes. Hay poca gente en su interior y suena música grabada de órgano. Sobre el altar una balconada poco frecuente en el gótico, con un crucificado suspendido en lo alto. Tras él hay un ábside, donde se situaría probablemente un coro para los franciscanos. Ahora está completamente vacío. Noto que hay una sonoridad espectacular. Y sobre la fachada norte, sin rosetón, un magnífico órgano barroco.
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Una vez fuera vemos que se ha hecho la hora de volver al meeting point, que decimos los ingleses. No queremos retrasarnos, y vamos volviendo con tranquilidad. En el autobús, una vez visto a la venida el paisaje, dormito un poco. Y al llegar a Estrasburgo vuelve a ser ocasión para descubrir rincones curiosos. En la Plaza de Halles vemos la escultura "Mujer que camina hacia el cielo", una figura de arcilla coloreada que se dirige hacia lo alto de un tubo de aluminio, símbolo para su creador, Borofsky, del intento de la humanidad por descubrir hacia donde queremos dirigirnos en un afán de superación.
Con el peligro que supone aquí cruzar los pasos de cebra, seguro que muchos miembros del grupo ni lo vieron. Y toca hotel, descanso o escritura, según para quien. Y ya de noche, al salir, me encuentro con un nutrido grupo de congéneres que se disponen a tomar una crêpe. Me sumo a ellos y hace una noche tan dulce como la que me estoy comiendo, de chocolate, naturalmente. Es un rato para intercambiar sensaciones e impresiones de este viaje que mañana ya termina. El "Curso de verano" ha tenido pleno sentido con esta extensión a una de las tres capitales europeas.
Tiempo de espera en este aeropuerto de juguete de Baden Baden y unas últimas fotos desde el aire: canales, paneles solares, lagos, bosques, pueblitos... Otras tierras, en fin. Gracias a la AAUP por esta oportunidad de conocer a fondo las instituciones que mejor nos pueden defender, caso de que las elijamos bien.
José Manuel Mora.