Mérida-Badajoz
Roma desenterrada
El día se inicia con un recorrido panorámico por Mérida, para que nos hagamos una idea de la ciudad desde el autobús. Hay viajeros todavía con cansancio del largo trayecto de ayer, que no van a ver mucho desde sus ventanillas. Hay una leve amenaza de lluvia (nuestros héroes todavía no saben lo que les espera). Alguna de las cosas que se van a perder son: el acueducto de S. Lázaro, de tiempos romanos, dos pisos y extremadamente largo; otro del que quedan sólo vestigios, el de los Milagros; uno más moderno de nuestro paisano, Calatrava, que salta limpiamente el Guadiana; el antiguo circo romano, ahora un espacio rectangular tapizado de verde césped... No quiero aburrir.
Y así, Francisco, nuestro conductor, nos deja a tiro de piedra del Museo Romano, obra del gran arquitecto R. Moneo. Desde allí nos encaminamos hacia las ruinas de lo que luego sabremos que es la parte trasera del teatro. Pero antes vamos a visitar el circo, donde se producían combates imposibles de gladiadores, y entre ellos y las fieras, ante un público al que se contentaba con el clásico panem et circenses, y que se situaba en las gradas según su clase social. Las explicaciones de nuestra guía, Encarna, son curiosas, pertinentes, y muchas de ellas vienen a modificar tópicos de la filmografía "jolivudense" de las pelis "de romanos". No quiero pasar al teatro sin dejar constancia de un árbol que no sé si forma parte del decorado, tal es su belleza.
Y vamos ya al restaurante, el Cachicho, donde provocamos una auténtica conmoción. Mientras todos comen auténticas delicatessen, yo me tengo que someter a la estricta dieta asignada por Marisa: pollo plancha y arroz blanco. El ambiente es como suele, festivo y más, tras los vinos que se toman quienes pueden. Luego volvemos al Parador, donde nos espera Francisco para llevarnos a Badajoz. Tengo idea de haber estado allí de pasada. Si lo hice, no guardo recuerdo. El guía nos espera ante la Puerta de Palmas (s. XVI), una de las que en la muralla protegían la entrada y salida de la ciudad, encarada al puente que lleva su mismo nombre y que es de la misma época. Salta con solidez sobre el Guadiana. La puerta es monumental, con dos torres almenadas que flanquean un gran arco. Su función era militar, dado el número de combates que la ciudad padeció en sucesivas guerras. Sirvió también como cárcel hasta el siglo pasado. Los medallones en la parte trasera retratan al emperador Carlos y a su madre, Juana de Castilla y bajo ellos el almohadillado en casetones, típico renacentista.
Y comenzamos la ascensión por callejas estrechas de aire andalusí, mientras el aroma a azahar se descuelga sobre nuestras cabezas. Vamos a la alcazaba hispano-árabe (ss. IX al XIII), la más grande de Europa. Fue luego fortificación cristiana, nada menos que 1300 metros de muralla que se ha ido restaurando hasta casi la actualidad. Se penetra en ella a través de la llamada Puerta Capitel, con forma de herradura. Desde su paseo almenado se divisa el río y alguno de sus puentes. Al otro lado, La Raya, término con el que se conoce aquí a la frontera con Portugal, país al que se puede cruzar caminando en dirección a Elvas, con la que siempre hubo rivalidad. Desde que formamos parte de la U.E. todo eso se ha ido desvaneciendo y hay un aire de confraternización entre ellas. En el interior de la fortaleza, lo que fue Hospital Militar es ahora la Biblioteca de Extremadura y la facultad de Biblioteconomía, lo que me retrotrae a mí época de profesor de la materia en el Módulo que da nombre al blog.
Tras todo este relato y con la lluvia arreciando tras los cristales del limpiaparabrisas, se entenderá que la gente se disperse por las habitaciones en busca del merecido descanso.
José Manuel Mora.
P.S. Por no liar más la cosa, casi todas las fotos que pongo aquí son las que yo mismo he disparado, salvo alguna que he birlado del "guasa" comunitario. Seguro que Montse, los Rafas y tutti quanti las tendrán más bonitas. No me quiero complicar más, que bastante largo y pesado he sido ya.
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